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En su discurso del martes, Duque fue Duque el disociado, el Presidente del no que invitó a la unidad

22 de julio 2021 , 09:28 p. m.

Me dicen que todavía le queda un año y pico a este gobierno: “All my term!”, grita, el Presidente, en ciertas pesadillas. Conviene entonces aguantar la respiración –o sea llenarse de paciencia, comprar enlatados, afinar las críticas, dejarse liderar por quienes sí están cerrando las brechas, replegarse, prepararse– para doce meses más de negación demencial. 

Hoy en día demasiados avatares les dicen a demasiados avatares no sólo qué pensar, sino con qué palabras pensarlo; no solo qué hacer, sino de qué modo hacerlo. Y sin embargo, así crea yo en que cada cual ice la bandera como guste, e ilustre, a su manera, la historia del desvarío de Colombia, me ha parecido apenas lógico, apenas cuerdo colgar el tal tricolor al revés a ver si asumimos esta guerra: este país sigue fracasando porque sigue negando su fracaso.

Digo esto porque Duque fue Duque en su penúltimo discurso del Día de la Independencia. Duque siguió siendo aquel senador de gafas que llamaba a la unidad que saboteaba: siguió siendo “el segundo mejor líder de Colombia” de la revista Semana de 2016, después del equipo negociador de paz, por encabezar esa turbia campaña del no a los acuerdos que según él mismo terminó en “una de las victorias más impresionantes de la democracia en la historia de Colombia”. De nuevo fue el Duque que exigía el fin del maniqueísmo, pero detrás de pancartas con palomas encadenadas en las que podía leerse “el plebiscito es una farcsa”: en la mañana de este martes, hecho un presidente veintejuliero sitiado por su fobia al rival, invitó a su nación a “vacunarse contra el odio” en una perorata llena de resentimiento contra las protestas.

Fue Duque el coach, el negacionista, el apóstol del no, el fabricante de prosopopeyas capaz de llamar a una reforma tributaria “el salto de desarrollo humano más grande de las últimas décadas”, el retórico que denuncia la retórica ajena, el defensor del pensamiento positivo de manada que está aquí para lograr la inmunidad de rebaño, el impopular adalid de las instituciones que puso cara de demócrata mientras unos congresistas expiatorios tramitaban a sus espaldas la prórroga de su período, el frentenacionalista que en pleno estallido social se atrincheró con el país que le mejora los promedios, el avatar de un presidente que ha sido expresidente desde el principio, el gerente que promueve los consensos entre aquellos que piensen igual, pero deja a su autodestructiva oposición –“la vieja esa”– hablando sola.

Busquen, si quieren, el discurso del martes: siguió siendo Duque el populista punitivo, el evangelista de la Fuerza Pública que, ciego a los abusos estatales, despreció a la CIDH, y el reconstructor en el papel de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, pues su gran propuesta de estos años ha sido la introducción del positivismo tóxico, de la programación neurolingüística, de “el secreto” –o sea de la convicción de que ocurrirá lo que uno anhele– en la política colombiana. Pero, ya que lo suyo ha sido la plegaria sin la acción, el “se puede” sin el “se hace”, todo parece indicar que su verdadero legado, el involuntario, ha sido, es y será este estallido: esta ciudadanía, harta de la violencia, que se le resiste al “todo está bien” oficial e iza la bandera al revés.

En su remoto discurso del martes, Duque fue Duque el disociado, el Presidente del no que invitó a la unidad, el conciliador pasivo-agresivo que les concedió a nuestros heroicos médicos el estatus de “la primera línea de la vida” como renegando –de paso– del reconocimiento político a “la primera línea de la protesta”. Por eso vino la primera de esta columna: la frase “me dicen que todavía le queda un año y pico a este gobierno” que ya ni siquiera es un chiste.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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