Transformación

Transformación

Las marchas que empezaron al principio del siglo pasado van a paso humano a su destino.

04 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Sigue en pie la pregunta del principio: ¿es la pandemia un paréntesis más en el violento relato de las naciones y sus dueños y sus perros bravos, o es el comienzo de una era de comunidades empeñadas en la solidaridad a pesar de las evidencias, de sociedades resignadas a asumir el irrefutable vínculo de los unos con los otros, de democracias a la altura de los liderazgos ciudadanos? Ser cínico tiene su gracia. Ser pesimista tiene su ciencia. Apostarle a la humanidad es cometer el error de apostarle al equipo de uno. Pero, aun cuando suene a embeleco de gente demasiado sonriente para el gusto del mundo, yo sigo sospechando que no es que la especie esté transformándose, pensándose dos veces su camino a la extinción, sino que empezó a transformarse con cuentagotas hace mucho tiempo: no ha habido marcha en vano.

Es verosímil que luego de los procedimientos policiales de la semana, a partir del “no puedo respirar” de George Floyd en Minneapolis y del “por qué” de Anderson Arboleda en Puerto Tejada, se pronostique el regreso de los déspotas “cuando volvamos del encierro”: el virus ha permitido a los peores funcionarios del mundo volver al despotismo sin vergüenza: “Aquí lo maltratamos por su bien”. Cómo no iba a permitirse el agente blanco Chauvin clavarle la rodilla en el cuello al desempleado negro Floyd durante 8 minutos y 46 segundos, permitirse esa violencia impúdica e imperturbable frente a todos, en un país gobernado por un pirómano poseído por él mismo: por la maldad de su estupidez. Cómo no iba a permitirse aquel patrullero matar a golpes a Arboleda en un país regido por negacionistas, por persecutores, por defensores de la democracia hasta que les llega su turno, por sórdidos disfrazados de Duques que han aprovechado la cuarentena para tratar de devolvernos a la peor Colombia de Colombia.

Yo entiendo que las últimas señales, la imagen apocalíptica de Trump, recién salido del búnker, con aquella Biblia temible en la mano, y el costoso programa diario de Duque mientras la mancha de la violencia se sigue extendiendo, pueden leerse como pruebas de que la derecha kamikaze sigue entendiendo gobernar como el oficio de imponerse a los otros. Yo entiendo que todo está dado para resignarse al declive: el hombre era el extraterrestre, la peste, el invasor. Pero no logro dejar de creer que no han sido en vano las marchas en las calles, ni los pactos de paz, ni los triunfos de las causas progresistas de los últimos cien años. Parecemos los mismos de siempre, a lo lejos, en el vaivén de la xenofobia a la aporofobia, pero de generación en generación hemos ido dejando de ser tan racistas, tan misóginos, tan homofóbicos, tan clasistas.

Claro que los viejos abusadores no van a irse sin dar la pelea por lo bajo desde sus guaridas, sin mandarnos a la guerra con el respaldo de algún Dios implacable. Claro que envilecerán las protestas, reivindicarán su derecho a someter al que conteste y violentarán los llamados a la paz. Pero repito: nunca antes, aunque se vea lejos el respiro, había sido tan difícil ser un gobernante impune o un policía sanguinario que mira a la cámara mientras mata como pensando en voz alta. Hoy todo está pasándonos a todos. Minneapolis queda aquí nomás. Puerto Tejada está enfrente. Y las marchas que empezaron al principio del siglo pasado –de los trabajadores, de las mujeres, de los negros que se resisten a la arbitrariedad– son las mismas marchas de siempre y van a paso humano a su destino.

Creo en aquello de que el paso del tiempo nos pone a todos en su sitio. Creo que la vejez de los abusadores del poder será particularmente esclarecedora. Pero sobre todo pienso eso: que las viejas marchas han tardado mucho, pero van a sacarnos adelante.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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