Terraplanismo

Terraplanismo

En el escudo del terraplanista político no se lee ‘libertad y orden’ sino ‘todo o nada’.

18 de julio 2019 , 07:21 p.m.

Pero cómo no va a haber gente que crea que la Tierra es plana si hay gente que cree en los caudillos colombianos. Hace cincuenta años, el domingo 20 de julio de 1969, un par de hombres pisaron la Luna por primera vez, y desde entonces hemos sido conscientes del horizonte curvo y azul y frágil de este planeta –“salimos como técnicos y volvimos como humanistas”, dijo el astronauta Edgar Mitchell–, pero hoy, por culpa de estas redes que también hacen sentir menos solos a los enajenados, crece a paso de memes el tal terraplanismo que alguna vez fue apenas un chiste: Olafo el Amargado prueba que el mundo es plano en un cómic genial de 1978, y está bien que lo haga y lo crea porque él no existe, pero no deja de sorprender que gente de carne y hueso se entregue de ese modo a la ficción.

Hay terraplanismo en la política colombiana. Es claro el ‘doble vínculo’ que establecen nuestros líderes kamikazes e impunes con sus fervientes seguidores: puede verificarse que muchos de ellos se han pasado una vida saboteando al Estado, pero, como esos padres que consiguen la devoción de sus hijos en medio del maltrato, logran venderse a sí mismos como hombres signados por un grave amor por la patria. Solo se requiere serenidad para aceptar que, como la Luna, todos nuestros expresidentes tienen caras ocultas que poco se han podido fotografiar. Puede lamentarse la situación del exministro Arias, condenado por la Contraloría, la Procuraduría y la Corte Suprema por irregularidades en el programa Agro Ingreso Seguro, sin arremeter contra nuestras instituciones ni compararlo con Mandela.
Pero en el escudo del terraplanista político no se lee ‘libertad y orden’ sino ‘todo o nada’.

Solo se requiere serenidad para aceptar que, como la Luna, todos nuestros expresidentes tienen caras ocultas que poco se han podido fotografiar

El expresidente Santos cuenta, en La batalla por la paz, que el expresidente Uribe empezó aquella reunión del sábado 12 de noviembre de 2016 en la base aérea de Rionegro –organizada para hablar del nuevo pacto con las Farc– con las palabras “me preocupa mucho que su gobierno siga persiguiendo a Andrés Felipe Arias”. Y siente uno, mientras lo lee, que abogar por una doble instancia que revise el caso de Arias es reclamar una suerte de justicia transicional para políticos: ¿qué pasaría si la pidieran de frente a cambio de pronunciar la verdad? Y piensa uno que si nos atuviéramos a lo obvio, podríamos ponernos de acuerdo en que ningún fallo puede ser el instrumento de ninguna venganza o en que Colombia era mucho mejor cuando no había soldados heridos en el hospital militar. Pero para el terraplanista es siempre ‘todo o nada’.

Se me viene a la cabeza el poema de Walt Whitman “sobre la obediencia, la fe, la adhesión”: “Cuando me aparto y observo, hallo algo profundamente conmovedor en las grandes masas de hombres que se dejan guiar por aquellos que no creen en los hombres”. Porque los caudillos explotan nuestra necesidad de pertenecer a algo: de orbitar. Porque todos somos más complejos, menos planos, de lo que parecemos. Porque nuestra cultura sigue reduciendo los movimientos políticos a cultos de una sola mente llena de rencores: “En el espacio uno tiene la impresión de que existe una área virgen en el universo en la cual el hombre tiene la oportunidad de crecer sin la influencia de presiones añejas –dijo el astronauta John Glenn–: algo así como una mente de niño que no está manchada de miedos, de odios enseñados, de prejuicios”.

“Uno no debería tener que viajar al espacio para llegar a ese sentimiento”, agregó el astronauta indio Rakesh Sharma. Pero algo como eso habrá que hacer acá en Colombia: los veintes de julio no deberíamos celebrar más la independencia que tanto nos cuesta, sino la humanidad que se redime cuando se recobra, allá en la Luna, la capacidad de verse desde lejos.

www.ricardosilvaromero.com

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