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Tanatofobia

Tanatofobia

Este mes nos ha puesto cara a cara con lo que somos: un país de masacres, feminicidios y pérdidas.

28 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Hay cuerdos que no tienen redes sociales. Bienaventurados sean, como en el sermón de la montaña, porque no han devaluado el silencio, no han asumido que todo lo que pasa en el mundo será sobre ellos mismos o no será, y no han caído en la necesidad, de expresidentes y protagonistas de novela, de poner a pensar al país cada vez que algo sucede en nuestra esquina: o sea cada cuatro, tres, dos horas de estas. No viven en una vitrina para ningún público incierto. No abusan de su poder en las democracias de las redes, ni dependen, para existir, de reducir a los demás a personajes sin dramas ni deudos de verdad. No dan lecciones de supervivencia enfrente de miles de familias desmanteladas por el covid, ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de celebrar la muerte –a manos del virus que nos ronda– de un ministro de este gobierno hipotético que parecía inconmovible.

Según el ranking de Bloomberg, Colombia es el tercer “peor país” en el manejo de esta peste. “¿Cómo ves las cosas?”, le pregunto a un amigo epidemiólogo. “Si estuviéramos en Suiza, bien”, me responde, y concluimos que el colmo de una catástrofe es que su manejo sea un desastre.

Cada día se ve más claro, además, que el peor de los legados de esta presidencia de aficionados ha sido devolvernos a los tiempos en los que se nos negaba a muerte la guerra en medio de la guerra mientras se apilaban los cadáveres en las estadísticas –solo en enero han sido asesinados catorce líderes sociales, cinco firmantes de paz y veinte vecinos atrapados en seis masacres– y se nos gritaba que esta violencia diaria no podía ser un problema político porque era un asunto militar. Y sí: indigna que el duelo nacional no haya sido decretado hasta ahora y que este funeral no haya sido a distancia y que se agarren de los chistes sobre el lapsus “así lo querí” para echar a andar el círculo vicioso de las lapidaciones. Pero hay que ser uno de esos usuarios de las redes que se toman la realidad como se toma la ficción, o sea como un relato que puede ponerse en pausa y una trama de mafiosos repleta de extras a eliminar, para insultar el féretro de un rival con la sevicia de un ave carroñera que ha descubierto los aplausos.

En este último siglo, de hospitales llenos de cubículos para morir lejos de la vida, ha sido lo común hacer parte de sociedades convencidas de que la muerte no es asunto suyo. Quizás sea porque hasta el 2019 venían creciendo la esperanza de vida, y la alergia a la frustración, y el culto a la juventud, y la sospecha inconsciente de la inmortalidad que advirtieron los psicólogos de hace cien años. Se habla de “tanatofobia” porque los cementerios quedan en los extramuros, más allá de las rutinas, y porque los funerales suelen terminar con eufóricas promesas de “seguir adelante”. Y en Colombia es peor. Matar es un tic. Se desdeña el duelo porque se desdeña la muerte porque se desdeña la vida. Se habla poco de agonizar o de fallecer porque parece en vano vivir en un lugar en el que suele negárseles a tantos el reconocimiento político. Y es lo usual que sus redes se encojan de hombros ante las cifras del horror.

Pero enero de 2021 ha sido de principio a fin un golpe de realidad que nos ha puesto a todos, al Gobierno y a todos, cara a cara con lo que somos: un país de masacres y de feminicidios, y de angustias y de pérdidas en las unidades de cuidados intensivos, que no cuenta la muerte con retratos sino con números, y la salida es insistir en la denuncia de la cultura de la aniquilación, tomarse el duelo ajeno y el duelo propio en los días de la peste como un duelo nacional sin pausas, y devolverles la cordura a estas redes de bodegas que condenan el humor, pero exoneran la indolencia.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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