Silva

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La corrupción es la resignación a la violencia. Es la sumisión al infierno: al hábito de la trampa.

07 de septiembre 2018 , 08:16 a.m.

Ricardo Silva iba a ser asesinado en su propia casa por ocho encapuchados, pero, luego de una balacera como un aguacero de frente, todo salió peor porque a su lado le mataron a su hijo. Fue el miércoles 22 de agosto a las 11:30 p. m. en la vereda de San Antonio, en el municipio de Mapiripán, en el departamento del Meta: Ricardo Silva, que horas antes había conseguido que su esposa saliera corriendo del lugar con sus otros hijos, pidió auxilio a la Fuerza Pública apenas escuchó las ráfagas de los fusiles y las explosiones de las granadas de fragmentación, pero llegó a la madrugada con una rodilla destrozada a plomo, y custodiado por la policía en su larguísimo viaje al hospital, y desolado porque, mientras él sobrevivía y recobraba el pulso, se llevaba a cabo la inspección del cadáver de su niño.

Colombia es el Lejano Oeste: Ricardo Silva iba a ser asesinado –y ahora mismo trata de volver del miedo– porque es otro líder comunal que se ha atrevido a denunciar otra disputa de tierras en este país.

Siguen matándonos hijos y homónimos y prójimos frente a nuestros ojos, en un espejo, porque los acuerdos de paz les suenan insolentes a los escuadrones que patrullan los puntos ciegos del Estado.

El mismo país martirizado a espaldas del país en el que –esto fue el día anterior: el martes 21– el campesino Jefferson Arévalo, hijo de una sobreviviente del exterminio de la Unión Patriótica acribillada luego por paramilitares, tuvo que ver cómo otros encapuchados de oficio violaban a su esposa unas horas antes de ser asesinado por los lados de Puerto Rico (Meta). Yo he estado leyendo un informe fundamental del Centro Nacional de Memoria Histórica: Todo pasó frente a nuestros ojos. El genocidio de la Unión Patriótica 1984-2002. Y, cuando leí en la prensa lo de Jefferson Arévalo, me pareció que aquel título podía ponerse en presente continuo: ‘Todo está pasando frente a nuestros ojos’. Y, cuando un compasivo profesor de Derecho me puso al tanto de la pesadilla de Ricardo Silva, me pareció una oportunidad para acusar recibo del horror.

Siguen matándonos hijos y homónimos y prójimos frente a nuestros ojos, en un espejo, porque los acuerdos de paz les suenan insolentes a los escuadrones que patrullan los puntos ciegos del Estado; porque ‘Estado’, dicho sea de paso, aún no significa lo mismo en todo el país; porque esta guerra por la tierra ha sido una guerra contra los civiles; porque nuestras sociedades aún disimulan la economía, la cultura, la violencia que trae la prohibición; porque esta maldad porque sí, de victimarios que se declaran víctimas de “el sistema”, es la suma de la desigualdad más la hostilidad institucional más la impunidad: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la OEA, acaba de presentarle al mundo el caso de 11.227 militantes de la UP estigmatizados o desaparecidos o silenciados o torturados o desplazados o asesinados.

Quizás el reconocimiento de las Farc como fuerza política, fuera de la guerra y sometida a nuestra versión de la democracia, sea lo más importante del pacto contra la corrupción de todos los partidos convocado la semana pasada por el presidente Duque. La corrupción es la resignación a la violencia. La corrupción –la corrupción a la colombiana: la podredumbre– es la sumisión al infierno: al hábito de la trampa, a las empresas electorales, a las ambulancias que llevan cocaína, a los toques de queda de las mafias. Y seguirá siendo rampante si no paramos todo hasta que termine el desangre, si no llamamos a las tres ramas del poder a centrarse en que aquí nadie más muera porque estorba, si no empezamos por cumplir los pactos nacionales por la vida de los líderes sociales que ha firmado el Estado en pleno en los últimos dos meses.

Yo, de ser Ricardo Silva, estaría preguntándome para qué servirle a esta tierra con vocación de camposanto, pero recibiría el cumplimiento de ese pacto como un camino hacia el consuelo.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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