Serenidad

Serenidad

Hay que insistir en respirar, en contar lo que se ve y en decir lo que se piensa tal como se piensa.

12 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

De tanto en tanto todo indica que Colombia no tiene solución. A esta incontinente catarata de noticias –a las estadísticas desoladoras de las elecciones más violentas de los últimos tiempos, a las infames provocaciones de la dictadura de Maduro en la frontera, a la idea de permitirles el voto a los militares de acá como si no hubiera suficientes pruebas ya, en la nación de al lado, de los riesgos que se corren– hay que sumarle la lapidación sistemática al periodismo que no se pliegue a la causa o al caudillo del día. Cada mañana hay un apedreado. Y la mejor salida es seguir en el trabajo y en la vida que uno hace. No se supera el espanto corriendo, sino quedándose quieto. Y hay que tener temple porque esto de los linchamientos no parece ser una moda, sino una cultura.

Pienso en la prudencia con la que el Gobierno colombiano –luego de cometer la imprudencia de cerrarle las puertas al diálogo– ha lidiado los lances de la tiranía vecina: que Maduro grite solo. Pienso en los brotes demenciales durante el partido de fútbol amistoso del viernes pasado entre la selección brasilera y la de acá: uno ve a esos hinchas criollos cantando una risueña canción sobre Pablo Escobar afuera del Hard Rock Stadium de Miami, e insultando en las graderías a un par de periodistas serios porque “le entregaron el país a la guerrilla”, y suena lógico decretarle la cuarentena a Colombia para prevenir que esta enfermedad contagiosa se extienda, pero luego se capta que eran apenas un puñado de borrachos entre miles y miles de personas capaces de compartir un estadio.

Pienso en esta diaria, habilísima e inescrupulosa guerra sucia contra los medios, patrocinada por ciertos políticos que han asumido al caradura de Trump como un modelo por seguir, que a punta de noticias falsas, de hashtags con vocación de estigmas, de lapidaciones en las redes, de memes de WhatsApp plagados de calumnias, poco a poco ha conseguido que demasiados colombianos den por sentado que sus periodistas críticos e independientes en realidad hacen parte de una banda de comunistas corruptos financiados por el gobierno pasado: se trata de mentir para enlodar a los rivales, para perturbar a los incautos y ensordecer y atrincherar a los seguidores, caiga quien caiga, y pase lo que pase, pero en verdad se logra –en el caso de Colombia habría que decir ‘se agrava’– una cultura de la aniquilación del otro.

Y aun cuando se trate de una pelea desigual, una verdad fría versus una hirviente mentira hecha para aquellos que quieren creerla, la mejor salida es esa: seguir en el trabajo y en la vida que uno hace cada día.

De tanto en tanto algún perdonavidas de las redes me exige en la mañana que me pronuncie sobre algún tema urgente que nadie recuerda después. Poco lo hago porque me niego a ser un personaje azuzado y ridículo que emite comunicados que nadie está esperando, pero sobre todo porque mi trabajo no es reaccionar, sino escribir: pensar dos veces, corregir. Hay que insistir en eso: en respirar, y en contar lo que se ve y en decir lo que se piensa tal como se piensa, pues las campañas diarias para arruinar a los medios desde las redes prueban que pasarán años y años antes de que logremos librarnos de esta maníaca cultura de callar a quien no se deje arriar. Debe estar en ‘Tiranía para dummies’: que todo tirano, de Maduro a Trump, de la barra brava del estadio a la gavilla de las redes, jura por Dios que ‘prensa’ es sinónimo de ‘oposición’, pero que la salida es insistir en la democracia.

Hay violentos. Hay militaristas. Hay hinchas de los modos de Pablo Escobar. Hay tiranitos de redes y tiranos empeñados en igualarnos por lo bajo. Y todo indica, aquí en Colombia, que nada los desconcierta tanto como la serenidad.

www.ricardosilvaromero.com

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