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Esta presidencia será un apasionante caso de estudio, un libro para presentar en Madrid.

09 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Esto no es un gobierno, sino un círculo vicioso. Pensemos, por ejemplo, en lo que pasó con la Feria del Libro de Madrid que empieza hoy: que el tormentoso martes 7 de agosto de 2018 llegó al país un presidente susceptible, perplejo e insuficiente, escoltado por una primera línea escamada, sitiada e inepta, y juntos desde el puro principio, empujados, en manada, por el síndrome del impostor, del embajador de la India, asumieron que les deseábamos el mal, que éramos esos enemigos suyos que no construyen país y nos levantábamos temprano a conspirar para tumbarlos, parodiarlos, desenmascararles las mediocridades como a emperadores de trajes invisibles, y era de esperarse –porque lo suyo ha sido armar el lío por evitarse el lío– que por no dejarse ridiculizar hicieran el ridículo en la Feria de allá.

Claro que sí: son tan obvias como olímpicas, aguas arriba, la torpeza de ese embajador que habló de mostrarles a los españoles desenterados e incautos “cosas muy neutras” de nuestra literatura, la impotencia de una curaduría que en otro gobierno habría podido presentar una biblioteca creciente de libros que en medio de esta guerra eterna sirven al esclarecimiento de lo que somos, y la nulidad de aquella cancillería negacionista, que hace poco rechazó las recomendaciones de la CIDH, que no iba a presentar el panorama reivindicador e inagotable del arte colombiano, pero toda la culpa es de este presidente –no busquen más– que no solo le ha contagiado a su gente su susceptibilidad de charlatán, y su Colombia a su medida, sino que encabeza la delegación del país en la Feria, como autor, porque cree que la cultura es lo suyo y nadie sabe lo que pasa acá.

Es lo mínimo aspirar a que la cultura no sea una fachada del Gobierno, sino un compromiso del Estado más allá de los sinos políticos.

Claro que sí: es lo mínimo aspirar a que la cultura no sea una fachada del Gobierno, sino un compromiso del Estado más allá de los sinos políticos, como el pobre Banco de la República que también ha sido tan rondado por el duquismo, pero es lo cuerdo esperar hasta el domingo 7 de agosto de 2022 para que esa sensatez se dé.
Es que “lo ridículo” es un círculo vicioso. Se hace el ridículo porque no se quiere hacer el ridículo, como se mancha la imagen del país siempre que se la lava, cuando los hechos le llevan la contraria a la vanidad, cuando se le apunta sin puntería a lo sublime. Se hace el oso, o sea se maquilla en vano lo risible, si se les pone el himno nacional a las vacunas; si se llega a un CAI, de sorpresa, disfrazado de policía; si se le responde con vehemencia indignada a la RAE que “abudinear” no significa “refundir miles de millones”; si se le lanza al país la mentira “yo nunca dije que Providencia sería reconstruida en cien días” mientras llueven las pruebas de que sí; si se encorbata esta barbarie propia que sabotea nuestra democracia –este “orangután con sacoleva” que describió Darío Echandía para siempre– que la literatura ha querido conjurar.

Querido candidato a lo que sea: por lo que más quiera, por Dios o por su madre, no se lance a congresista, ni a presidente de la república, ni a nada, si no está preparado para ello, pues es lo común que la agenda de un incompetente se reduzca a tapar su incompetencia, a darles peligrosas lecciones de principios a los críticos en el nombre de la patria, a trastabillar hasta bordear la maldad, a tomarse las instituciones como tomándose las conciencias, a vestir de “histórico” el día a día, a “duquear”, en fin, que quiere decir “simular hasta el final” –atenta, RAE, ojo– en la jerga triste de estos años. Esta presidencia será un apasionante caso de estudio, un libro para presentar en Madrid, cuando no solo se haya terminado, sino que hayan pasado unos diez años: será un ejemplo claro de cómo los gestos tiránicos son engendrados por enormes complejos.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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