Resumen

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Qué duda cabe de que ser colombianos es haber ido juntos a una guerra.

08 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

En pocas palabras, 3.700 caracteres con espacios apenas, yo diría que vamos así: durante nuestros últimos doscientos años de vida nos hemos volcado a la tarea de construir un régimen republicano, la República de la Nueva Granada, los Estados Unidos de Colombia, la República de Colombia, que a punta de leyes y reformas de las leyes sea capaz de superar una sociedad estamental –colonial, fundamentalista, desigual– mucho más dada a la caridad que a la solidaridad; nos hemos inventado e impedido un Estado que sea tan grande como nuestro abrupto e indomable mapa; nos hemos dedicado a crearnos una nación a sangre y fuego, como imponiéndonos los unos a los otros una identidad o un Dios o una verdad, en vez de reconocer esta ciudadanía como una suma de razas y culturas y voces. Pero aquí estamos.

El primer párrafo del primer número de la Gazeta de Santa Fe de Bogotá, publicado el domingo 15 de agosto de 1819 por el “Gobierno libre e independiente de Cundinamarca” –y puesto en línea este miércoles, justo a tiempo, por la Biblioteca Nacional de Colombia–, cuenta en carne viva y sin aliento que “el Exército Libertador conducido por el Ilustre Presidente de la República de Venezuela apareció en la Provincia de Tunja a principios del mes de Julio, y, después de tres gloriosos combates en que hizo desaparecer á los opresores del Pais; entró triunfante en esta Capital el diez del corriente”. Anuncia luego, como recobrando la respiración y la sobriedad y la cordura, que “su Excelencia trabaja con tesón en el arreglo y organización de las Provincias en todos sus ramos”. Y en esas andamos. Y hemos avanzado, sí, ya casi.

Solo falta todo: que la vida valga lo que vale, que la violencia no sustituya la política, que la guerra no sea una costumbre plagada de estadísticas escalofriantes e inútiles

Solo falta todo: que la vida valga lo que vale, que la violencia no sustituya la política, que la guerra no sea una costumbre plagada de estadísticas escalofriantes e inútiles. Pero siempre que nos hemos visto con la sangre al cuello, en estas últimas décadas de historia que han parecido siglos, ha salido a la superficie una esperanzadora vocación a acordar la convivencia que tendría que ser más terca que nuestro fanatismo: el pacto de Benidorm, los diálogos fallidos desde entonces, la negociación de paz con el M-19, la Constitución de 1991 y el acuerdo del Teatro Colón siguen siendo pruebas de que sabemos que de seguir esta barbarie, viviremos condenados a hallar esta nación en triunfos y en milagros –¡Egan!, ¡Shakira!, ¡Gabo!, ¡James!, ¡Juanes!– pues una nación en serio es una suma de distintos que sí pueden convivir.

Ciertos pueblos han dado pronto con una epopeya que recrea su drama y encarna su carácter: de la Ilíada al Martín Fierro. En la búsqueda de una nación, Colombia ha visto el poema nacional en María porque su idilio es esta exuberancia, en La vorágine porque su héroe vuelve del infierno de la explotación con la noticia de que nos une la violencia, en Cien años de soledad porque revela que para bien y para mal nuestras familias han hecho las veces del Estado, en Don Chinche porque el resultado de esta suma de costumbres podría ser una comedia, en El embajador de la India porque la gloria del colombiano ha sido no parecerlo, en La estrategia del caracol porque hemos querido sacudirnos a los caudillos para que esto pueda ser de todos, y en Yo soy Betty, la fea, porque sospechamos que aquí lo que hay es otra clase de belleza.

Quizás el bicentenario sea otra oportunidad única para no decretarnos una sola epopeya, una sola fe, una sola voz, una sola herida y una sola cicatriz, sino cientos, miles: las que hay, las que lo son. Tal vez sea esta la fecha para dejar de buscar esa nación: para verla justo enfrente. Quién puede negar las diversidades a estas alturas. Qué duda cabe de que ser colombianos es haber ido juntos a una guerra.

www.ricardosilvaromero.com

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