Respeto

Respeto

Decirles vagos a millones de manifestantes es no haber tenido un minuto para lo humano.

28 de noviembre 2019 , 07:07 p.m.

Entre todas las frases introductorias, la peor, para mi gusto, es la explicación no pedida “con todo respeto...”. Es pasivo-agresiva. Es autoincriminatoria. Es cantinflesca en el mejor de los casos. Pero “con todo respeto...” ocho días después del primer día del paro nacional es claro que el viejo establecimiento –encabezado, en un extraño giro del destino, por el joven presidente Duque– no entiende nada de nada de nada. Si en el Noticiero CM& se suelta la pregunta con vocación de respuesta “¿usted personalmente quiere que el paro continúe o quiere regresar a la normalidad?”, jajajajajá, es porque aún no se comprende que no estamos viviendo el capricho de un grupo que quiere “desestabilizar el país e imponer un comunismo de pobreza” –en palabras de la senadora Guerra–, sino el empeño de regresar a la normalidad que nos ha sido esquiva desde hace setenta, ochenta, noventa años.

Si a estas alturas de la protesta más grande que ha visto su generación la respuesta del presidente Duque sigue siendo que él no ha hecho nada “distinto que cumplir el programa de gobierno que fue respaldado por más de diez millones de votos”, que en todo caso son menos que los votos por la consulta anticorrupción y que los seguidores del youtuber colombiano Ami Rodríguez, es porque como tantos políticos “impopulares pero eficientes” sufre de “el síndrome del tecnócrata”: la alergia a los críticos, la soberbia del faraón convencido de que la gente no sabe lo que está diciendo, la exasperación a la hora de entender que en una democracia participativa no se le escritura el país al ganador de las elecciones, el enfrascamiento en el momento preciso de entender que solo hay poder si hay pueblo.

Poco se ha respetado el coraje de quienes se han quedado en Colombia, a pesar de Colombia, a trabajar dentro de esta ley y esta rutina tan dura

Con todo respeto, el hecho de que este paro diario sea parte de un fenómeno global, desde Chile hasta Hong Kong, no nos exime de encarar el particularísimo caso colombiano. Solo un desenterado puede gritarle “¡sea productivo!” a un muchacho que reclama su derecho al futuro bajo la vigilancia sin vigilancia del Esmad. Decirles vagos a millones de manifestantes, en un país de masacres y secuestros y censuras y persecuciones y estigmas y reclutamientos forzados y ejecuciones extrajudiciales en el que la gente se ha levantado a las cuatro de la madrugada a trabajar desde antes de que hubiera trancones, es no haber tenido un minuto para lo humano. Aquí se ha visto desdén, desprecio, asco centenario por la gente. Aquí ha habido fundamentalismos a la carta. Aquí demasiados han optado por ser temidos para ser reconocidos.

Y poco se ha respetado el coraje de quienes se han quedado en Colombia, a pesar de Colombia, a trabajar dentro de esta ley y esta rutina tan dura.

Es esa gente, presidente Duque, no Petro ni Londoño ni los conspiradores deportados, la gente que en este episodio de nuestra historia le está pidiendo que –en nombre de un Estado tan errático– reconozca que el asco horada a cualquiera, que la plata no da, que el caso concreto de Colombia requiere de imaginación, que hubo una enorme reacción popular luego de la apretada victoria del no, que la implementación de los acuerdos no era un capricho de liberales biempensantes ni de comunistas cómplices de los narcos, sino un acto de postergada, urgente, mínima justicia con un país ninguneado hasta la náusea. Es esa gente, Presidente, que sumada da millones y millones que nadie se puede apropiar, la que sigue pidiéndole que no se atrinchere con su gente: que su gobierno sea eficiente y popular, y no solo entre los suyos.

Yo, que no voté ni habría votado jamás por esas ideas, no creo ni espero ni quiero que se caiga este gobierno. Jamás será tiempo de cortar cabezas. Pero toda democracia que pretenda serlo necesita momentos de agacharlas.

www.ricardosilvaromero.com

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