Renuncia

Renuncia

Ha sido desconcertante reconocer en figuras nuevas del Estado la vieja manía de desconocer el dolor.

07 de noviembre 2019 , 10:00 p.m.

Si alguna ley se ha estado cumpliendo a cabalidad en Colombia es que aquí nadie renuncia. Pero si no se iba el ministro de Defensa, luego de vergüenzas indelebles como la de las órdenes de letalidad, las fotos falsas del dosier sobre Venezuela y el bombardeo en San Vicente del Caguán que se celebró hasta que se supo que ocho niños habían muerto en ese infierno, entonces jamás iba a irse nadie: “Y no, no voy a renunciar”, dijo el martes, al final del debate en su contra, y tiene que haberse enrojecido y cruzado de brazos apenas lo soltó. No había entendido nada, no, pero es que desde el día de su absurdo nombramiento era claro que aquel comerciante bigotudo tenía que carecer del principio de realidad para creerse capaz de responder por la seguridad de los colombianos.

Cuando yo era niño los ministros renunciaban todo el tiempo. Basta remover los archivos de EL TIEMPO para recordar, por ejemplo, que Betancur aprovechó la dimisión de su canciller para cambiar a la mitad del gabinete en junio de 1984 o que Barco nombró su noveno ministro de Justicia en octubre de 1989. Basta escarbar un poco más para confirmar lo usual que era irse: Lemos Simmonds se fue en marzo de 1990 indignado porque su ida podía leerse como un triunfo del narcotráfico, Vargas Linares se fue en mayo de 1992 cansado de que no le dejaran privatizar Telecom, Martínez Neira se fue en agosto de 1996, agosto de 2000, junio de 2015 y mayo de 2019 urgido por retomar su propia causa, sí, pero todos se fueron. Ser ministro era un honor de paso. El Gobierno acompañaba a la tumba, pero no se enterraba con nadie.

Quiero decir que no se trata de sabotear a este gobierno saboteado por dentro. Que ese ministro que no parecía de Defensa, sino de Guerra, un colombiano nacido el viernes 9 de abril de 1948 ni más ni menos, tenía que irse porque para eso es un ministro, porque quedarse más era una afrenta, porque cuando ciertos militares empiezan a actuar por su cuenta, acá en Colombia, es porque ciertos civiles no están siendo suficientemente claros, y ser el funcionario que se resignó a ver el regreso de las ejecuciones extrajudiciales es como ser el funcionario que se resignó a ver la segunda toma del Palacio de Justicia o el segundo Bogotazo. Se va el señor ministro, sin asumir sus errores, luego de analizar “la coyuntura política”: ja. Pero aún no es claro que el Gobierno esté captando la gravedad del asunto.

Según la última encuesta de cultura política del Dane, de septiembre de 2017, el 82 por ciento de los consultados están totalmente de acuerdo con la frase “a los políticos les interesan los votos, no las necesidades de la gente”; solo el 29 por ciento cree que los partidos representan a los ciudadanos, y apenas el 29,3 por ciento piensa que esto es una democracia: no parece una buena época para ser un burócrata arrogante e incendiario.

Y todo indica que aquel que pretenda gobernar este país, durante cuatro largos, tortuosos, colombianos años de los de hoy, está en la obligación de entender la política como el reconocimiento de las incertidumbres, de los anhelos y de las transformaciones lentas pero seguras de la sociedad. Es por eso que ha sido así de exasperante que tantos altos funcionarios de esta administración, incapaces de hablar las muchas lenguas del país y de leer entre líneas lo que ha estado ocurriendo con nuestra sociedad, se hayan pasado estos quince meses soltando sentencias indolentes y estadísticas elásticas. Es por eso que ha sido así de desconcertante, así de empobrecedor, reconocer en tantas figuras nuevas del Estado la vieja manía de desconocer el horror y el dolor de las víctimas.

Tenía que irse ese ministro aunque no supiera bien en dónde estaba. Tenía que dar señales de vida este gobierno.

RICARDO SILVA ROMERO
​www.ricardosilvaromero.com

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