Ranciedad

Ranciedad

Se trata, sobre todo, de esa Colombia vieja de machos exasperados y nostálgicos por su país unánime.

31 de octubre 2019 , 07:34 p.m.

Y el lunes y el martes y el miércoles, cuando nos despertamos, el país viejo y sanguinario todavía estaba allí. Semana demostró que el asesinato del desmovilizado Dimar Torres sí fue la ejecución de una sentencia proferida por un coronel –sin ningún derecho y sin ninguna prueba– en un vengativo chat de WhatsApp. Se habló del beso espontáneo entre una pareja de lideresas como de una provocación a las buenas costumbres. Se condenó la masacre de la guardia indígena en Tacueyó porque en Colombia “condena” es sinónimo de “lamento”. Y se dio a conocer la noticia de que el libro Dejad que los niños vengan en mí, en el que el periodista Juan Pablo Barrientos denuncia la pederastia en la Iglesia católica de acá, había sido censurado por orden de un juez promiscuo de San Rafael, Antioquia

De cierto modo, ha sido la semana de las perversiones colombianas de siempre, pues en aquel chat no solo se habla de matar como si se pudiera, como si hubiera regresado la época en la que los asesinos hallaban refugio en la causa de la patria, sino que de paso se renueva –y se justifica– el círculo vicioso de la desconfianza en este Estado roto, que sigue dando ciudadanos a los que les ofende mucho más la diversidad que la barbarie, ministros que niegan a muerte los desmanes de sus propios agentes, presidentes que, bienintencionados o no, condenan terminantemente la violencia impune mientras les llega la hora de pedirnos perdón por no haber sabido evitarla, y tecnócratas demasiado ocupados para explicarnos sus planes a largo plazo y demasiado resignados a apretar los cinturones de los contribuyentes hasta convertirlos en horcas.

Se trata del individuo que se esconde en su colectividad, el ejército o la iglesia de turno, para no asumir su responsabilidad

En la censura del juzgado de San Rafael, que ordenó “suspender la reproducción, comercialización y venta del libro llamado Dejad que los niños vengan a mí”, y amenazó con acciones penales al autor si no entregaba sus fuentes en unas cuantas horas, también está presente el país viejo y opresivo que vive convencido de que las togas y los uniformes son fueros, y anda completamente seguro de que, de la mano de su alcaldesa, desde el domingo pasado Bogotá va camino a volverse Sodoma, pero no ha sabido reconocer que ya no hay chats ni crímenes ni despotismos ocultos bajo el sol y que en estas democracias plagadas de redes todas las censuras –los desesperados e infames intentos de borrar los murales contra los ‘falsos positivos’ o contra los gobiernos arrodillados, por ejemplo– acaban sirviéndoles de altavoces a las denuncias que quieren acallar: Dejad que los niños vengan a mí se agotó hace dos días.

Se trata de la rancia ceguera al drama social, del “aquí no ha pasado nada” de acá, de, mejor dicho, “el síndrome de Samuel Moreno”: el exalcalde negó en una entrevista los trancones de la ciudad, porque él siempre la atravesaba sin mayores problemas en su carro escoltado, como tantos líderes inconscientes que se paran ante los bellos paisajes de sus fincas a pensar por qué la gente se queja tanto si este país es tan bello, si según el FMI vamos a crecer un poco más el próximo año, si, en medio de la lógica y el negocio y la degradación sin fondo de la guerra, hemos seguido prosperando. Se trata del individuo que se esconde en su colectividad, el ejército o la iglesia de turno, para no asumir su responsabilidad, y de la colectividad que, si se ve perdida, suele reducir al individuo a chivo expiatorio para negar a muerte su parte en el desastre.

Y sin embargo se trata, sobre todo, de esa Colombia vieja de machos exasperados y nostálgicos por su país unánime. Que habrá de seguir existiendo, sí. Pero que, ahora que se suben las pruebas a las redes, y amordazar ya no es tan fácil, más temprano que tarde tendrá que resignarse a existir dentro de la ley.

www.ricardosilvaromero.com

Empodera tu conocimiento

Más de Ricardo Silva Romero

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.