Pantano

Pantano

Nada tan diciente como el declive del deporte nacional.

13 de junio 2019 , 07:41 p.m.

Que siga dando sus vueltas en círculo esta Patria Boba: esta Patria Loca. Que los vehementes luchen para que los perversos no conviertan al señor Santrich en símbolo de la paz. Que los sensatos pataleen para que los periodistas investigativos no tengan que irse del país, como los científicos o los futbolistas, para hacer su trabajo como debe hacerse. Que los políticos desvergonzados sigan victimizándose cuando los denuncian: “¡Persecución!”. Que los líderes inescrupulosos minimicen, rechacen, ataquen las decisiones de las cortes, antes de conocerlas, como cualquier desinformado que llega a Twitter gritando “de qué me perdí”. Pero que nuestros ciclistas no nos dejen solos, no. Que no dejemos solos a nuestros ciclistas, mejor, mientras sus dueños insisten en reducirlos a espectáculos de feria.

Este martes la Comisión Disciplinaria de la Unión Ciclista Internacional (UCI) suspendió por 45 días al equipo colombiano Manzana Postobón –cuyo patrocinador, desilusionado, había decidido despedirse del negocio hacía dos semanas– por culpa de sus vergonzosos, deprimentes, reveladores casos de dopaje: “Esto está infectado”, reconoció el técnico Saldarriaga. También el martes se supo que Járlinson Pantano, el “ciclista revelación” según el Tour de Francia de 2016, se va del ciclismo a los 31 años. “Soy una persona inocente”, dijo meses después de ser suspendido, por la UCI, tras dar positivo por EPO en un control de febrero de este año. Y su final abierto dejó la sensación de que en el mundo ciclístico se vigila a los corredores, pero no a los directivos, a los patrocinadores, a los traficantes que los esclavizan.

Nada tan enervante como esta federación que ha tenido que reconocer el problema luego de años de minimizar, de rechazar, de atacar a los que osaron denunciarlo.

Un puñado de investigadores muy serios –empezando por Gustavo Duncan– vienen advirtiéndolo desde hace años: aun cuando los encorbatados de acá lo hayan negado a muerte, “¡persecución!”, pues solo les importa su máquina de hacer dinero, la verdad es que el ciclismo colombiano de los últimos tiempos ha sido un pulso perdido con la cultura del dopaje: 40 sancionados ya. Cebollita Cárdenas le cuenta a Duncan, en una crónica de 2012, que se cansó de correr en la Europa de los noventa porque vivía “humillado por ciclistas que iban atiborrados de EPO mientras yo, que iba limpio, no tenía oportunidades de ganar nada”. Así es aquí ahora. Pero, como suele suceder, no se habla de un árbol retorcido, sino de algunas manzanas podridas. Y el presidente de la Federación de Ciclismo parece incapaz de resolver el lío.

Y el veterano Óscar Sevilla, cuestionado desde aquella redada de película, la operación Puerto, que en mayo de 2006 reveló una temible red de dopaje, es la cabeza del equipo continental de Medellín.

Y la sociedad colombiana sigue viviendo demasiado varada en lo urgente como para defender de la subyugación, de la explotación, de la crucifixión, a los ciclistas que nos han redimido tantas veces.

El entrañable ciclismo de acá, desde las expediciones de Efraín Forero hasta las gestas de Nairo Quintana, no solo ha sido nuestra prueba reina de que sí somos capaces de conquistar semejante geografía, sino también, en medio del viacrucis de cada día, nuestra demostración de que sobre todo hemos sido espíritus llenos de coraje, nuestra reivindicación en un mundo que con razón nunca ha acabado de entender las noticias de esta violencia. Nada tan diciente, en fin, como el declive del deporte nacional. Nada tan enervante como esta federación que ha tenido que reconocer el problema luego de años de minimizar, de rechazar, de atacar a los que osaron denunciarlo. Nada tan decepcionante como constatar que lo mejor que puede hacer un colombiano de los de hoy –aclaro: un ciclista colombiano de los de hoy– es correr afuera con la ilusión de que Colombia no lo alcance.

www.ricardosilvaromero.com

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