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“Todo va a estar bien” cuando reconozcamos políticamente la humanidad de cada cual.

23 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Hubo un tiempo en que lo sabio era predecir el pasado: si la lógica de la especie seguía siendo conquistar para colonizar, o sea, someter todo lo vivo que no se nos pareciera, y explotarlo, no había que ser Nostradamus ni Regina 11 para vaticinar –por ejemplo– esta Colombia incapaz de librarse del fanatismo que la ha conducido de la guerra por el centralismo a la guerra por las drogas, de la Patria Boba a la Patria Loca. Solíamos nacer condenados a repetir la historia. Pero entonces, como una solución de libretista, vino esta pandemia que nos puso a corear el mantra “volveremos mejores”. Uno no podía espiar la ventana de enfrente porque la cubría, como un epitafio, el letrero “todo va a estar bien”. Y el optimismo, que es una fe con pruebas, mandaba pensar que no teníamos otra alternativa que la transformación social, que la democracia de verdad, si la idea era evitar la extinción.

Quien haya seguido esta semana las sesiones de la Asamblea General de la ONU, líder tras líder tras líder, de espaldas a la vieja pared de mármol verde, recitándonos la crisis como gandhis exaltados que “solo trabajan aquí”, podría presagiar que la historia de la humanidad ya fue la historia de una autodestrucción con arrebatos de belleza: desde el momento en el que el secretario Guterres pronunció el titular “el mundo nunca había estado tan amenazado ni tan dividido”, hasta la escena en la que el presidente Duque declamó por cuarta vez su monólogo de corrector de la paz, de némesis del régimen venezolano, de paladín del prohibicionismo que nos vara en el infierno, de adalid de la naturaleza –en su tierra del fracking, del glifosato, del asesinato sistemático de líderes ambientales–, sonó a que volvimos peores y a la brava de la peste, y a que el liderazgo ya no vive allí.

Si para algo puede servir la pandemia, que hoy barremos bajo el tapete, es, de hecho, para votar por líderes emancipados.

Con qué estómago decirles “pare de sufrir” a los lectores mientras Duque se sube a las tarimas de afuera a hablar entre dientes de lo único que le está pidiendo el mundo a este país: la implementación de sus acuerdos de paz. Con qué cara reclamar cordura mientras Duque le pone el adjetivo “histórico” a cada uno de sus pasos, publicita su participación en una cumbre con el primer mandatario de Amazon, y, en el nombre de una serie de razones que no es fácil creerle después de los intentos de prorrogar su mandato, se atreve a respaldar la suspensión de la misma ley de garantías que defendía a muerte cuando era parte de la oposición. No, no hemos vuelto de la pandemia porque aún no ha acabado. Pero sí: ya puede presentirse que “volveremos mejores”, curtidos, de este gobierno en falso.

Falta mucho para cerrar las brechas. Pero, por lo visto este año, iremos librándonos de tantos gobernantes colonizados –“all my term!”– que aún persiguen cultivos, y cuerpos de mujeres, y críticos, como gringos de doble moral. Si para algo puede servir la pandemia, que hoy barremos bajo el tapete, es, de hecho, para votar por líderes emancipados; para pensar en concreto; para entender, por fin, lo grave que es que “volveremos mejores” no signifique lo mismo en Suiza que en Colombia, en la comodidad que en la pobreza, en la vejez que en la juventud, en el blanco que en el negro, en el hombre que en la mujer. Si para algo debe servir la pandemia es para captar que “todo va a estar bien” cuando reconozcamos políticamente la humanidad de cada cual: cuando entendamos que “la humanidad” no es el total, sino la suma: uno a uno.

Y que basta con echarle una mirada al inagotable coraje de estos nuevos colombianos –que sin resabios ni derrotismos han estado reivindicando sus víctimas, sus territorios, sus cuerpos, sus voces– para vaticinar que siempre habrá tiranos, pero que poco a poco irán quedándose sin pueblos que tiranizar.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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