Ombliguistas

Estamos viendo lo que estamos viendo para participar en la corrección, en la puesta en marcha.

12 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Va de una vez la moraleja para quienes no tengan tiempo para fábulas: si algo se nos ha estado gritando desde el pasado bisiesto es que ninguno de los logros liberales –ni la vocación a la paz, ni la unión de las viejas naciones en guerra, ni la tolerancia para la convivencia, ni las libertades, ni los derechos humanos, ni la defensa de las minorías, ni la igualdad ante la ley, ni el periodismo independiente, ni la historia crítica ni la democracia– pueden darse por sentados. Sí, Biden ganó, pero por Trump votaron más de setenta y dos millones de gringos, ¡72!, decididos a asumir en cuerpo y alma la mentira estruendosa de que la derrota de semejante tirano fue una suma de fraudes que según las autoridades electorales de cincuenta estados –The New York Times las llamó una por una– jamás sucedieron.

Significa que los populistas reaccionarios del siglo XXI han tenido clarísimo el horizonte: décadas atrás notaron, en el discurso ombliguista de los mismos para los mismos, en la “corrección política” que un mal día se les volvió en contra a los liberales y en el desprecio de ciertos temas supuestamente conservadores, como Dios o la familia, una serie de señales de que el progresismo había caído en la trampa de reemplazar un yugo por otro. Estoy viéndolos: miles de déspotas de corbata que no solo han sabido leer entre líneas, sino detonar la desazón de millones de ciudadanos que han estado envejeciendo con la sensación de que “el sistema” es corrupto y hostil: “La política es un negocio”, “el Estado es un complot”, “la prensa es una fachada”, “la justicia es un arma”, “el liberalismo es un cómplice del establecimiento”.

Nunca se fueron, pero con el ascenso fascista de Trump, que no era la victoria de ningún conservadurismo, faltaba más, sino la derrota de la democracia a manos del despotismo gansteril, volvieron a hablar duro –y a actuar con una desvergüenza que iba en contra de la ley– millones de verdugos, de xenófobos, de racistas, de homofóbicos, de misóginos, de clasistas, de guerreristas, de censores, de estigmatizadores, de violentos: “Y qué”. Y fue evidente que a los electores de estos líderes con aires de villanos de Batman, llenos de cuentas pendientes con la justicia, no les interesaba debatir, sino acabar como fuera con un régimen que desde su miope punto de vista los negaba, los sermoneaba, los ridiculizaba, los engañaba mientras los iba despojando de todo lo suyo empezando por su reconocimiento político.

No va a ser nada fácil lo que se nos viene. Va a ser un pulso de años. Va a ser necesario encarar con ingenio e imaginación –sin las superioridades morales que nos trajeron acá– a esta élite contagiosa e inescrupulosa que repite noticias contraevidentes con tal de ganar; que vitorea a los asesores y a los políticos y a los abogados que tienen el estómago para ponerle en marcha a Trump el juego kamikaze de negar una derrota monumental; que celebra con emoticones virulentos el solitario final de la revista Semana; que deja pasar la noticia de que el exvicepresidente Vargas Lleras ha perdonado a la guerrilla que quiso matarlo; que sonríe cuando confirma no solo que en efecto ha habido entrampamientos para sabotear el acuerdo de paz con las Farc, sino que esas jugadas sangrientas les han costado la vida a cientos de excombatientes.

Es para seguir cambiando, en fin, que está sucediéndonos una fábula crítica sobre nuestra peligrosa costumbre de abandonar a las voces críticas, a los perseguidos, a los jóvenes, a las minorías y a las mujeres en la defensa del mundo de todos.

Estamos viendo lo que estamos viendo para participar en la corrección, en la puesta en marcha, en el cumplimiento cabal de estas democracias dormidas en sus laureles.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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