Obonaga

Obonaga

Profesor: gracias a usted uno está preparado siempre que toca pasar al tablero. Mejórese pronto.

21 de mayo 2020 , 07:56 p.m.

Este es un mensaje para el profesor Édgar Obonaga. Yo sé que se está recuperando del virus poco a poco, en una unidad de cuidados intensivos en el norte de Bogotá, desde el miércoles de la semana pasada, pero, ya que de vez en cuando le leen plegarias de estas, me atrevo a rogarle el favor de que se ponga de pie apenas pueda porque acá todos sus discípulos estamos necesitándolo desde el día en que lo conocimos. Su rigor es una brújula en el caos nuestro de cada mañana. 

Sus modelos matemáticos son claves, por estos días de tumbos e incertidumbres, para darles luces a los líderes que sí creen en Estados fuertes –convencidos, por ejemplo, de la medicina preventiva y la salud pública– mucho más preocupados por su gente que por su imagen. Pero sobre todo hace falta su ejemplo: su personaje de bata blanca, de chistes precisos como ecuaciones, que lo pone a uno a ser mejor.

Si algo me ha conmovido de las rutinas de la cuarentena –y quizás me ha conmovido así, advierto, porque siempre seré el hijo de un maestro–, es el espíritu con el que los profesores y las profesoras de nuestros hijos han encarado las clases a distancia: no es nada fácil descifrar esta nueva educación en el medio de la intimidad y del drama social que nos tiene rebarajando el presente, pero día por día se sacan de adentro sus voces narradoras, que desde el principio de las eras nos han llevado de una orilla a la otra, para mostrar las trasescenas de las materias de siempre, para retratar el mundo como una suma de tiempos difíciles que ponen a prueba lo divino y lo humano, para cantar a los corajes de estas familias de cebras –todas lo somos– que una vez más se han visto obligadas a hacer y a ser un refugio.

Ese espíritu combativo –esa vocación indeclinable que no ve alternativa– es la forma de ser de Obonaga.

Querida familia de mi profesor: cuando ustedes puedan, cuando vean que va a servirles de algo a él y a ustedes, cuéntenle por favor que sus alumnos no hemos podido ni hemos querido dejar de pensar en esas clases de Álgebra, de Geometría, de Trigonometría, de Cálculo, que eran verdaderas películas de suspenso: “Falta mucho para que me toque pasar al tablero...”, “ya casi me va a tocar ...”, “creo que el Silva que está llamando soy yo...”, se susurraba uno con el corazón a mil. Por supuesto, Obonaga, que fue de la Universidad Pedagógica a la Universidad de los Andes, y fue del Gimnasio Moderno a la Escuela de Ingeniería –y allá, como si fuera poco, fue amigo y colega de mi papá–, a veces se salía de su personaje erguido, de ceño fruncido, sin tiempo que perder e implacable, convertido de golpe en un hincha del Deportivo Cali sorprendido por una risita de niño.

En los recreos hablaba sin eufemismos de justicia social, pero no le hablaba a la nada, no, porque aquí estamos. Gracias a su ejemplo, de hombre incapaz de irse por las ramas, de cerebro programado para las soluciones, entendemos que la salida al desmadre en la Sierra Nevada y en el Amazonas y en el Cauca, humillados y ofendidos por el cinismo de esos funcionarios, es la solidaridad entre vecinos; gritamos, a ver si deja de ser un ruido entre un rumor, que el pasado fin de semana llegó a cien el número de líderes asesinados este año bisiesto en este país que sin embargo sigue, y recibimos con humor exasperado la noticia de que en un bello acto fallido DIRECTV llamó “comedia” al programa diario del Presidente –que se alargó como una telenovela de alto rating– en esta Colombia cuyo género no ha dejado de ser el “Lejano Oeste”.

Profesor Obonaga: gracias a usted uno llega preparado, con el siguiente paso en la cabeza, siempre que toca pasar al tablero. Mejórese pronto, maestro, que mejorar ha sido su trabajo desde siempre.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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