Objeciones

Objeciones

Esas soberbias e innecesarias objeciones nos devolvieron al 2016 de esta “Patria Boba”.

02 de mayo 2019 , 07:09 p.m.

Supongamos, como aquella sentencia del siglo XIX, que alguna vez Colombia tuvo los líderes tramposos, sórdidos y violentos que se merecía. Ya no. Hoy no. Qué clase de país podría merecerse a un presidente del Senado capaz de interponer una tutela contra una votación de la Cámara que honra un acuerdo de paz. Qué tipo de pueblo podría parecerse a un Congreso degradante que, según Gallup, solo consigue decepcionar al diecinueve por ciento de la gente. Ningún karma puede forzar a nuestra sociedad a aguantarse en vivo y en directo, como pasó esta semana, el espectáculo que dieron las fuerzas débiles de este gobierno que presume de casto en su afán –solo comparable al del exguerrillero Iván Márquez– de vengarse del pacto con las Farc: sí, los paranoicos tenían toda la razón.

Sucede semejante vergüenza la misma semana en la que queda claro que el homicidio brutal del exmiliciano Dimar Torres fue una ejecución extrajudicial. La misma semana en la que se sabe que 103 exmiembros de las Farc han sido asesinados desde la firma del acuerdo. La misma semana en la que la Corte Constitucional, custodia de ese pacto de paz que es la Constitución de 1991, pide a las autoridades competentes que investiguen si han estado chuzando a sus magistrados desde que empezaron a interpretar las leyes de la JEP. La misma semana en la que cerca de 3.000 líderes sociales se reúnen –pues desde enero de 2016 han matado a más de 300– a pedir auxilio en esa plaza de toros donde la dictadura ofició una matanza de opositores el domingo 5 de febrero de 1956: hemos mejorado.

Una vez más nuestra política se redujo al saboteo. Y fue obvio que urge un proceso de paz con quienes no han querido soportar el acuerdo con las Farc

Se siente uno flaco, ojeroso, sin vida, cuando ve una sesión del Congreso, pero en las de esta semana –esa feria de desapariciones, recusaciones e impedimentos para arruinar el triunfo de la oposición en la votación contra las objeciones presidenciales a la ley de la JEP– daban ganas de gritarle a la pantalla como cuando es evidente en un partido de fútbol que un equipo está quemando tiempo. ¡Pero qué diablos le pasa a esta gente! ¿No se da cuenta de que a nadie ni a nada, ni siquiera a su Plan de Desarrollo en suspenso, le convienen estos burdos retrasos? ¿No ha visto que estas marrullas están expuestas a un VAR? ¿No ha sido notificada aún de que el mundo entero, desde la ONU hasta la Corte Penal Internacional, tiene fe en el fin de este desangre?

Esta semana, mientras el auditorio de las noticias miraba fijamente la torre inclinada de la dictadura de Venezuela, esas soberbias e innecesarias objeciones nos devolvieron al 2016 de esta “Patria Boba” que no sale de “la Violencia”. Una vez más nuestra política se redujo al saboteo. Y fue obvio que urge un proceso de paz con quienes no han querido soportar el acuerdo con las Farc; que es hora, pues no estamos cumpliendo doscientas temporadas sino doscientos años, de dejar de esperar que algún cielo resuelva nuestro drama; que si no somos capaces de reconocer esta justicia transicional, como otra oportunidad para negarse a la tragedia y sujetar la violencia de cada cual y cerrar una guerra que ya ha dejado ocho millones de víctimas, entonces los organismos internacionales –los adultos– habrán de hacerlo por nosotros.

Se siente uno conspirativo e ingenuo al mismo tiempo, malpensante e iluso, siempre que se enfrenta a la política colombiana. Pero creo que la moraleja del triste episodio de las objeciones, que en un acto de desesperación nos fueron presentadas como objeciones a los narcos y a los violadores de niños, es que merecemos un partido de gobierno que nos tenga respeto. Seguimos en guerra: la rentable guerra contra las drogas de los gringos. Y lo serio es decir que haber cerrado el frente de las Farc, teniendo en mente la justicia, ha sido toda una proeza.

www.ricardosilvaromero.com

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