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La idea del uribismo no es devolvernos a la campaña presidencial de mayo de 2018, sino al plebiscito

07 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Sí que dan miedo los políticos que se ponen la mano en el corazón. Están jurándonos por Dios, así, que son honestos, que son patriotas de pelo en pecho, pero en la Colombia del siglo XXI, sitiada por esta derecha dispuesta a hundir el barco con tal de no entregarlo, en realidad están gritándonos “no”: no al cierre de las brechas, no al aborto legal, no al pluralismo, no al Estado solidario, no al periodismo de investigación, no a los gobiernos alternativos, no a la despenalización de la droga, no a los acuerdos de paz que en los últimos cinco años ellos han saboteado hasta la demencia. Lo digo porque estoy viendo, en un reporte de domingo de Noticias Uno, el primer foro de los precandidatos del Centro Democrático en el profanado Salón Rojo del Hotel Tequendama. Mírelos escuchar el himno nacional con la mano en el corazón: “Centauros indomables descienden a los llanos”. Óigalos lanzar arengas ventejulieras contra los acuerdos, “¡nos robaron los resultados!”, un exterminio y una pandemia y un gobierno uribista después.

Quizás sea un error hablar, a estas alturas, de una derecha monolítica como un culto de una sola mente. Suena mucho más sensato notar los matices en ese hemisferio tan temido: recordar la enorme “marcha de las cartillas” encabezada por los supuestos dueños de “la familia”; hablar de este “uribismo” que demasiado pronto fue un remedio peor que la enfermedad; explicar por qué la palabra “duquismo”, que suena a teoría de conspiración, a la larga es antónimo de “meritocracia”; preguntarse si el “ordoñismo”, en caso de trascender la familia Ordóñez, es realmente la variante mu del “monarquismo”; reconocer, en el año del estallido social, la existencia de una clase empresarial “echada pa’ lante” que se resigna a la violencia colombiana cada vez que escucha la palabra “bloqueo”. Pero, luego de buscarles y encontrarles las diferencias, todo parece indicar que sí los reúne el no: son el “noísmo”.

En el gobierno de Duque hemos regresado a las cifras de la pesadilla de antes de las negociaciones de paz.

Al principio de su presidencia, cuando aún no lo había degradado el poder, ni se había vacunado contra el sentido común, Duque seguía hablando de la necesidad de alcanzar una “paz política”: una especie de Frente Nacional entre el país del sí y el país del no. Ya está de salida. Ya no. Y quien se haya asomado al primer foro de precandidatos del Centro Democrático hará bien en preguntarse, por supuesto, “qué estoy haciendo con mi vida”, pero sobre todo habrá notado que la idea del uribismo no es devolvernos a la campaña presidencial de mayo de 2018, sino al plebiscito delirante de octubre de 2016: “El que no está conmigo, está contra mí”.

En estricto sentido, en el gobierno de Duque hemos regresado a las cifras de la pesadilla de antes de las negociaciones de paz: por allá por 2011. Indepaz habla de 4.400 reclutas nuevos, entre los grupos armados ilegales, en estos años de renegar de los acuerdos. La CIDH recuerda que en la Colombia de ahora sigue dándose el número más alto de personas desplazadas en todo el mundo. Y para mí es evidente que si el Centro Democrático cometiera el error moral de devolvernos al plebiscito de hace cinco años, al pulso “paz versus pacificación”, el sí tendría que ganar –por fin– porque en estos cinco años han sido desarmadas una a una las mentiras que sirvieron para que “salieran a votar emberracados”; porque a este país tambaleante nunca le queda otro camino que los pactos de paz, y porque hoy, libres de la guerra sin fin contra las Farc, ha quedado claro que seguiremos en guerra si seguimos varados en la prohibición.

Tendríamos que ponernos de acuerdo en el sí. Y, sin embargo, después de años de pensar con el deseo, yo veo al noísmo más vivo que nunca: ya tienen puesta la mano en el corazón para probar que tienen uno.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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