Negacionismo

Negacionismo

Se trata de contener el dramatismo, pero por estos días sí se siente cierta vocación a la tiranía.

11 de septiembre 2020 , 11:13 a. m.

No es nada fácil reconocer que el país de uno está mal hecho: quién se quiere reconocer oriundo del infierno. No es nada fácil decir en voz alta que Colombia no solo es el escenario abrupto de una guerra sin tregua, sino una sociedad habituada a su propia cultura de la violencia: de la aniquilación. Esto ha sido, para ponerlo en términos mansos, más catástrofe que nación. Y, como suele sucederles a los pueblos que soportan lo insoportable, a diario se da el negacionismo y a diario se mata al mensajero, y entonces el comisionado Ceballos se atreve a decir que las masacres de estos días “son producto de fallas en el proceso de paz”, por Dios, y el señor Echeverry, representante del Presidente, osa regañar “a título personal” a El País por entrevistar a un opositor, al senador Cepeda, como si oponerse al desmadre fuera crearlo.

Trata uno de contener su propio dramatismo todo lo que puede, pero sí se siente, alrededor de este Gobierno trunco, cierta vocación a la tiranía. ¿Obedecer antes de que se dé la orden? Chuleado. ¿Salpicar nuestras frágiles instituciones? Chuleado. ¿Decretar “la unidad” de unos pocos? Chuleado. ¿Arrinconar las vidas privadas? Chuleado.  ¿Despreciar la memoria, la verdad, la investigación, la reflexión, la terapia nacional? Chuleado. ¿Difamar las causas democráticas? Chuleado. ¿Ser ambiguo en lo que se le pide y se le celebra a la Fuerza Pública? El abogado Javier Ordóñez, 44, tenía dos hijos. ¿Maltratar la lengua e institucionalizar los eufemismos? Chuleado. ¿Formar un partido alrededor del negacionismo? Chuleado. ¿Echarle la culpa del desastre a todo lo que pase o el que pase por ahí? Chuleado. ¿Estigmatizar?

Se ha hablado de “matar al mensajero”, de arruinar a quien señale la farsa, desde tiempos de Sófocles. Para tachar al contendor, que es una manía de los déspotas, aquí se le ha dicho “mamerto” a quien denuncie lo obvio: será “mamerto”, esta semana, aquel que diga “golfo de Tribugá”, “han matado 467 defensores de derechos humanos desde 2016”, “Ordóñez, asesinado por la brutalidad policial, no descansa en paz”. Y sí: esa maña de enlodar las honras de los críticos sí se ha exacerbado en estos dos años de gobierno errático, y hoy en día no es fácil ver ni oír los hechos porque se nos quiere zanjar a lado y lado del caso judicial del expresidente Uribe, y la estigmatización del acuerdo de paz y del senador Cepeda poco sirve a la necesidad de decirse la verdad nacional en la cara.

Sí está pasando eso: que la peligrosa ambigüedad del gobierno en curso, “el que la hace la paga, pero...”, puede envalentonar a aquellos que optan por creer que aquí solo hay masacres porque nos las cuentan, revivir a esos negacionistas vehementes –no hay guerra, no hay drama social, no hay saboteo al acuerdo de paz, sino una horda de manzanas podridas financiadas por el narcoterrorismo y avivadas por el ‘farcsantismo’, que hay que exterminar: punto– tan parecidos a los teóricos de la conspiración que odian a la alcaldesa de Bogotá “por exagerada” o a la epidemióloga Cucunubá “por alarmista” o al médico del edificio “por ave de mal agüero” porque insisten e insisten en que no estamos sobreviviendo a duras penas a la pandemia, sino a sus profetas.

Hay que mantener la calma, hay que abrir los ojos al humor, sin embargo, porque siempre habrá voces opresivas en las democracias y siempre habrá negacionistas en las catástrofes y en las naciones catastróficas, y temerles y callarlas es legitimarlas.

Vale seguir ejerciendo el derecho de decirles palabras que empiezan por i, inescrupulosos e irresponsables e ineptos, a estos líderes de las paranoias: serán tiránicos ellos, pero, en tiempos de redes solidarias y valientes, no podrán montarnos una tiranía.

RICARDO SILVA ROMEROwww.ricardosilvaromero.com

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