Metro

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Aquí no va a haber metro a menos que por fin seamos serios, a menos que por fin nos guste Bogotá.

25 de julio 2019 , 07:21 p.m.

El metro de Bogotá es uno de los grandes lugares imaginarios de la literatura, como Macondo o Comala o el País de Nunca Jamás, porque es la alegoría de una sociedad bipolar que se ha matado a palos por lo que no existe, que cumple setenta años de apostárselo todo a una modernización que cada quien entiende a su manera, que, experta en autosabotaje, ha llevado a niveles ridículos su vocación a construir sobre lo destruido. El metro de Bogotá tendría que protagonizar una novela de paisaje, como El Don apacible, sobre una ciudad que dijo que iba a hacerlo –pero no quiso echarlo a andar para que nadie se llevara los créditos– en 1942, en 1949, en 1953, en 1957, en 1966, en 1974, en 1981, en 1987, en 1996, en 1999, en 2010, en 2015 y en 2017. Señoras, señores: ese metro no se va a hacer.

Tendría que haberse dejado atrás ese espíritu hastiado que, como una bola de demolición, nos ha estado condenando a ser una ciudad en obra negra que no solo desprecia su pasado, sino que, a pesar de vivir poseída por una extrañísima nostalgia por el futuro, se la pasa planeando una gran metrópoli para nada: “Ser absolutamente moderno es ser aliado de sus sepultureros...”, leí, en una novela, en los días del apagón. Tendrían que haberse superado el adanismo, la mezquindad, el clasismo, el fatalismo, la improvisación que han sido nuestras marcas de estilo. Tendrían que haberse derrotado la pobreza incomprensible, la torpe administración de lo público y el irrespeto por la ley que describió el economista Lauchlin Currie –que al final, sin embargo, se quedó acá– en la misión del Banco Mundial que encabezó en 1949.

Pero seguimos aquí. Y en la atormentada Colombia sigue habiendo más candidatos que políticos y más profesionales del poder que líderes. Y en la insultada Bogotá, que nunca se ha resignado a no ser un país, las campañas a la alcaldía aún no parecen simples campañas a la alcaldía, sino situaciones de vida o muerte, porque se da por sentado que el ganador llegará a echar para atrás la obra de su predecesor: ‘Yo o catástrofe’, ‘Nada que huela al anterior’, ‘Todo alcalde pasado fue peor’.

Yo me doy cuenta de que quiero de verdad a Bogotá (...). Y entonces me niego a que su próxima alcaldesa o su próximo alcalde se la tome como si fuera una ciudad imaginaria

Seguí a regañadientes la campaña de este año, que para bien y para mal está lejos de terminar, hasta llegar a la fantasía de que sus principales candidatos juren por Bogotá que no caerán en las trampas de siempre: que serán responsables; que cuidarán sus palabras; que no permitirán que todo se reduzca de nuevo a vencer a “el que diga Uribe”; que reconocerán que no ha sido “la izquierda” ni “la derecha”, sino la bogotanísima incapacidad de cumplir con lo planeado, con lo firmado, lo que nos ha estado forzando a reinventarnos la rueda; que ya no serán ciegos a lo que hicieron sus antecesores; que, de ganar, dejarán de gastarse toneladas de nuestro dinero en publicidades inútiles, y no seguirán especulando con el metro, hombre, hay que ser muy arrogante –y muy infame– para burlarse así de la ciudad que uno quiere.

Yo me doy cuenta de que quiero de verdad a Bogotá: noto que me gusta su lengua, su historia, su mapa, su clima inaudito, su gente, su disposición para volver bogotano a quien se quede. Y entonces me niego a que su próxima alcaldesa o su próximo alcalde se la tome como si fuera una ciudad imaginaria, como si no hubiera estado antes que todos nosotros y no fuera a estar después, como si no se tratara de honrar las escenas que han sucedido en este escenario desde Jiménez de Quesada hasta hoy. Señoras, señores: aquí no va a haber metro nunca jamás –apenas va a haber titulares de prensa que lo anuncian a ocho columnas, maquetas, cheques simbólicos, estudios, primeras piedras, demandas, plantones– a menos que por fin seamos serios, a menos que por fin nos guste Bogotá.

www.ricardosilvaromero.com

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