Metamorfosis

Metamorfosis

Despreciar a los viejos es despreciar lo humano, la vida y su historia, despreciar la Tierra.

02 de abril 2020 , 08:12 p.m.

Suena a anécdota del siglo pasado, yo sé, pero no sobra recordar que hace mucho tiempo, en la noche del jueves 21 de noviembre de 2019, el paro nacional consiguió que su historia no acabara en los delirios de los encapuchados, ni en los desmanes de los escuadrones antidisturbios, ni en las tomas de los invasores por prestación de servicios –“se acaban de entrar a mi conjunto...”, se temió un par de madrugadas–, sino en un cacerolazo venido de tiempos mejores, como una lengua en común para llamar a un Estado cuyo principio fundamental fuera la solidaridad, desde las ventanas indiscretas de los edificios de cientos de barrios del país: en esta calle sonó esa plegaria que sí reclamaba una respuesta, tactactactactac, como si estuviéramos librándonos de un par de miedos colombianos.

De esa noche recuerdo, en especial, las ventanas alegres de los viejos que golpeaban sus ollas con cucharas de palo. Por estos días de encierro, en los que he entendido mi culpa con los hámsteres, me he asomado a esos mismos apartamentos sin caer en voyerismos de película, porque –ya lo han dicho apellidos tan lúcidos como Constaín o Santacruz– si algo ha sido vergonzoso de los meses del virus ha sido la manera como se ha tratado a las personas de setenta para arriba: ciertos líderes de estos gobiernos de unos pocos para unos pocos no solo les han untado el eufemismo “abuelitos”, y los han reducido a parte de tranquilidad porque ellos son los que más mueren, sino que les han pedido “darse prisa en morir” para “salvar la economía global”.

Despreciar a los viejos es despreciar lo humano, despreciar la vida y la historia de la vida, despreciar la Tierra.

Y es una idiotez, pues es lo más seguro que los viejos colombianos, que en los últimos setenta años han vivido –hasta curarse de espantos– con las historias y los recuerdos de la vieja cuarentena de 1918, la Violencia, el fusilamiento en la plaza de la Santamaría, los frentes y los bloques y las bandas que montaron sus reinos, el narcoterrorismo, la invasión de los tecnócratas obtusos que hoy cuentan los días para que la máquina vuelva a arrancar tal como era, el fracaso de la guerra contra las drogas y la estrategia gringa de invadir para ganar elecciones, no se estén tomando las imágenes de los animales que vuelven de sus escondites, a los paisajes al fin libres de bárbaros, como pruebas de otra crisis que ya pasará, sino como señales de una transformación inevitable.

Son los viejos quienes por fin están viendo –y ya nos contarán– una época de gobernantes forzados a gobernar, regímenes corruptos obligados a purgarse, fanáticos conscientes del sinsentido de aplastar al otro en una casa en llamas, aviones privados de reguetoneros parqueados hasta nueva orden.

Son los viejos quienes están siendo testigos de esta intervención psicológica a una especie trastornada –atrapada en una suerte de era de la adicción, de la voracidad, de la explotación sin reparos y sin treguas– que, si la historia es un drama, debería acabar en una “metamorfosis” al revés: de bicho a humano.

Suena a anécdota de mañana o de ayer, porque la cuarentena es un día que se repite, como el de la comedia de la marmota, hasta que por fin nos salga bien, pero me parece que vale la pena contar que en la noche del jueves 26 de marzo de 2020 los viejos de las ventanas de esta cuadra se sumaron a un franco aplauso a los médicos que a mi modo de ver –en este paro que requiere su propio coraje– fue también un cacerolazo contra la sola posibilidad de que no sea obvia para nosotros la moraleja de la fábula, y no nos veamos obligados a estar a la altura de aquel mundo solidario, como de viejos capaces del cambio, que hemos estado pidiendo desde hace tanto tiempo.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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