Matones

Matones

Que el 2019, semejante secuela, sirva para que no haya más matones desde la cuna hasta la tumba.

12 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Si de algo me ha servido a mí este 2019 que empezó en 2016, semejante año de terapia que está acabándose a punta de electrochoques, ha sido para entender que yo con lo que no he podido desde que tengo memoria es con los matones: con los niños mayores que acosan a los menores cuando nadie está mirando; los colegiales que van con un par de esbirros por los barrios; los profesores y los curas y los jefes que se vengan cuando no se les da lo que quieren; las parejas traicioneras que se tiran a matar siempre que hay un auditorio; los amigos supuestos que elogian en privado y lapidan en público; los trolls de las redes que corren a refugiarse en alguna causa después de humillar a los débiles; los políticos que empiezan por no medir sus palabras; los encapuchados; los agentes de la ley que se permiten amenazar, golpear y secuestrar ciudadanos como usted y como yo.

Si algo me ha gustado de estas protestas que han ido mucho más allá de los pliegos sindicales, desde el cacerolazo del jueves 21 de noviembre hasta el concierto del domingo 8 de diciembre, ha sido ver a tantos países del país plantándoseles a sus matones. En Colombia la expresión ‘saltar matones’ no solo significa “pasar apuros económicos”, sino eso: eludir voces encorbatadas que ofrecen deudas a buen precio, mendigar contratos de prestación de servicios que en todo caso no dan, pagar planillas con el alma en vilo a cambio de la plata del mes, hacer filas en prestadoras de salud para escucharle al caradura de turno que ahora mismo no hay línea, encerrarse en el cuarto porque tanto el irrespeto a los acuerdos de paz como los mensajes equívocos del Gobierno redujeron esto a toque de queda sin Dios ni ley.

Es ese lugar mudo, tierra de aterrorizados donde el espanto es rey, lo que ya no puede ser y lo que no da más.

Hay que insistir en la Constitución de 1991 sin las letras menudas de sus detractores. Esta cultura nuestra de abusadores tiene que ponerse al día con la ley

Si algo me ha preocupado de estas semanas de análisis, plenos de hallazgos y mezquindades, es que de tanto enmarcar el asunto en “el descontento global” perdamos de vista que aquí en Colombia –donde ha habido más fuerza que poder– en el fondo siempre se marcha contra la violencia: contra el miedo nuestro de todos los días, contra los volantes por debajo de la puerta, contra el sicariato, contra la hostilidad menoscabadora del Estado, contra la represión de la protesta social, contra los vigilantes que empapelan, contra los uniformados secretos que hacen justicia cuando los gobiernos les sueltan las riendas. Si algo se ha impedido en esta historia, desde la masacre de las bananeras hasta la matanza de Tarazá, es la defensa colectiva de la dignidad de cada cual: nadie le pertenece a nadie, pero acá no ha sido fácil de probar.

Si algo hay que agradecerles a los valientes de estos días, a la señorita Colombia que no desfiló por el decadente mundo de los reinados sino que marchó con todos, a los tuiteros que han subido una por una las pruebas de los abusos policiales, a los artistas que han dejado de obedecerle a esa sociedad iracunda que les exigía limitarse a ser bufones, a los futbolistas que se les sientan en las canchas a sus explotadores, a las mujeres que cantan “el violador eres tú” a ver si por fin desciframos los 22.304 casos de violencia sexual del año pasado –y a ver si por fin superamos esta larga era de hablar pasito para no despertar a los matones–, es una cultura de la solidaridad a la que tendrán que acostumbrarse los gobernantes y los empresarios que suelen entender los fenómenos sociales cuando es demasiado tarde.

Que el 2019, semejante secuela, sirva para que no haya más matones desde la cuna hasta la tumba. Hay que insistir en la Constitución de 1991 sin las letras menudas de sus detractores. Esta cultura nuestra de abusadores tiene que ponerse al día con la ley.

www.ricardosilvaromero.com

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