Mañas

Mañas

Una de las peores mañas de Colombia ha sido aquello de aplastar la oposición.

06 de diciembre 2018 , 07:07 p.m.

 Si no fuera el país de uno, repito, no sería repugnante sino fascinante el desmadre del Congreso. Si fuera el cruel experimento de un científico loco, si fuera un zoológico humano del siglo XIX o un partido de fútbol dominado por un equipo marrullero echado atrás, sería mucho más fácil concluir que el ser humano –y el colombiano, a su manera, lo es– suele deshonrarse a sí mismo sin remedio en su pulso por el poder. Pero esta vieja clase política que ha estado tratando de aniquilar a la oposición en las plenarias del Senado es una vergüenza hecha aquí: podrá gritar que nuestro problema no es esta presidencia que nació extraviada e impopular, ni esta Fiscalía que se porta como la cancerbera del establecimiento, sino Petro el del video turbio, pero a la larga está condenándose a sí misma.

La sesión del martes que acaba de pasar fue la cumbre de la pobreza de espíritu. Quedó clarísimo que no hay una coalición de gobierno sino una coalición de Fiscalía: por segunda vez el presidente del Senado impidió que la oposición cerrara el debate del martes anterior –el famoso debate sobre el manejo que le ha dado el fiscal a la investigación de Odebrecht: “Jijiji”– como si concluir la discusión que se propuso no fuera un derecho consagrado por la ley. Pero lo peor del asunto fue constatar que nuestros rancios partidos defienden sus causas como conservan un cero a cero los mañosos equipos de fútbol que se están viendo perdidos: sí, fingen faltas en el área, mandan el balón a cualquier parte y queman tiempo como los senadores que el martes pasaron al frente a proponer lo primero que se les vino a la cabeza.

Yo, que creo en tantas cosas, no creo en vaticinar el apocalipsis ni en reducir esta democracia coja a tiranía. Creo, eso sí, en señalar a esas mayorías del Congreso que reducen su argumentación a “que lance la primera piedra el que no haya echado fajos en bolsas”, que fuerzan a la oposición a acabar los debates en las redes, que saben bien –pero los tiene sin cuidado– que sabotear a un senador es sabotear a su electorado. Creo en señalar a los protagonistas de esa vieja clase política enquistada en los gobiernos, y atrapada en un lamentable vaivén de la mediocridad a la vileza, que responden a todas las críticas con sentencias como ‘váyanse si no les gusta’ o ‘dejen gobernar al presidente Duque’: déjenlo cantar, “golpe a golpe, verso a verso”, que a nadie le está haciendo mal.

Puedo ver a estos caraduras dotar de alma a la tragedia de hacer empresa aquí, “es un emprendimiento”, susurran, sin tener idea del viacrucis de los trabajadores independientes en Colombia.

Puedo verlos en sus fincas, con la vista puesta en un paisaje pródigo que nadie más ha visto, preguntándose en shorts de qué se queja la gente si esta patria es tan bella: “Qué pereza la oposición”, se dicen.

Esa misma oposición, que representa a dos millones quinientos mil colombianos, se vio obligada a salirse de la sesión del martes pasado con el propósito de dejar constancia de que han estado pasándole por encima a punta de jugadas sucias. Sirvió su indignación, al menos, para que se reunieran de verdad, para que invitaran a no bajar la guardia a todos los ciudadanos que aspiran a que el Congreso de la República no se resigne a ser un escenario desprestigiado e inútil. Si lo del martes hubiera sucedido en otro país, en Suecia o en Bulgaria, no sería tan exasperante, tan descorazonador: estaríamos hablando de una mala jornada para que no se volviera a repetir, y ya. Pero una de las peores mañas de Colombia ha sido aquello de aplastar la oposición. Y la suerte de todos, empezando por la de este gobierno querido por el 23 %, más que nunca está atada a que ese imperio cobarde deje de pasar.

www.ricardosilvaromero.com

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