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Macrocolombianos

Macrocolombianos

Nadie que crea en la democracia tendría por qué temerles a estos días de cambio.

13 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Uno puede darse el lujo de no creer en Dios, pero no puede permitirse despreciar la historia: Colombia está construida sobre un cementerio de mujeres, de indígenas, de negros, de pobres, de segregados, de subyugados, de reclutados, de masacrados, de desaparecidos, y este que estamos viviendo es el capítulo del drama del país en el que sus élites no pueden seguir apelando y postergando –ni a sangre y fuego, ni con cambios para que todo siga igual– la solución de tratar como iguales a los millones y millones de herederos de los ninguneados. Puede que por estos días Cali sea el compendio de todo lo que se ha hecho acá para coartar la democracia, y se estén viendo en las calles el clasismo y el racismo y el traquetismo y el negacionismo, pero lo cierto es que en toda esta república la estratificación social no ha sido una descripción de la desigualdad, sino un modo de preservarla.

Cada minuto del día algún colombiano se pregunta cuándo habrá que irse de aquí: pregúntele usted a cualquiera de los 5’000.000 que viven afuera o a cualquiera de los 500.000 que se vieron obligados a salir de Colombia, aunque salir de Colombia sea un decir, si allá donde ellos están hay “gente de bien” que repita cosas como “el pobre es pobre porque quiere”, “es que hay jerarquías hasta en el cielo”, “ciudadanos e indígenas se enfrentaron”, “hay que mejorar la raza”, “se les salió el estrato”, “no estarían recogiendo café”, “yo creo que todos tenemos los mismos derechos, pero...” con la condescendencia y la sevicia y la balacera con las que se hace en este valle de lágrimas en el que tantos gobernantes han conseguido prometerles el cielo a tantos gobernados para no tener que cumplirles nada acá en la Tierra.

Desde antes de la Independencia se insistió con violencia en una “mancha de la tierra” que llevaba todo aquel que naciera en esta trama. Ha sido digno de estudio e increíble que, una vez desterrado el imperio, se hayan dado e instalado estas élites armadas con sus aires de amos, de colonialistas, de arios, de predestinados, de escoltados. Son macrocolombianos, sí, han vivido y resucitado con un sexto sentido para hacer trizas todas las reformas urgentes que se han hecho en busca del reconocimiento político de los colombianos que ellos han mirado con miedo y con asco y con sorna y con desdén –como cumpliendo una misión, han saboteado la democracia propuesta desde la Constitución de Rionegro hasta el acuerdo de paz con las Farc– y han impedido que sea claro que Colombia no es un problema práctico, sino histórico.

Fue testigo el congresista Hoyos, del partido de ‘la U’, de cómo el domingo al mediodía trató de desprestigiarse ante el país aterrado –a punta de videos editados como insidias– la labor humanitaria que fue a hacer la Minga al sur de Cali: “Tratan de convencernos de que son vecinos armados defendiéndonos de los indígenas, pero lo que quieren es desatar un enfrentamiento y generar terror”, escribe. ¿Y de quiénes habla? De unos civiles uniformados de blanco que se creen los dueños de Cali: “Ahí tienen a sus hijueputas indios”, exclama un vengador anónimo de esos, y su grito suena tan colombiano y tan anacrónico que se hace evidente que de la mano de esta generación así de nueva –que se niega a acatar las desigualdades– hemos estado viviendo un siguiente capítulo que no tiene que ser violento para nadie que crea en la democracia.

Nadie que crea en la democracia –ni siquiera los dueños de la tierra, ni los refractarios a la historia ni los pragmáticos alérgicos a las plegarias– tendría por qué temerles a estos días de cambio.

Si esta es, por fin, nuestra transformación social, dentro de unos cuantos pulsos habrá que negociar un país del que nadie más tenga que huir.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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