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El Congreso sí que hace parte de ese país encogido de hombros ante su exotismo, su caricatura.

28 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

El día está cargado de señales del fin del mundo. Por ejemplo: el monstruoso Congreso de la República de Colombia. Que, por supuesto, tendrá adentro varios legisladores en pugna que estarán honrando no solo la vocación a proteger la democracia de las tentaciones autoritarias de los caciques de siempre, sino que se pasarán las jornadas reivindicando la importancia de debatir hasta el agotamiento cómo cumplirles a los colombianos la promesa de la convivencia, pero la semana pasada, que no fue una semana sino un espectáculo grotesco e inconstitucional, sus imperdonables mayorías se propusieron desmontar la Ley de Garantías Electorales en una votación pastoreada y vertiginosa de la Ley del Presupuesto: se trataba de “reactivar la economía”, juraron por su Dios, pero en el español de los avivatos quería decir “repartir contratos en elecciones”.

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Suelo odiar, aunque sea un odio medio en chiste, cuando alguien suelta por ahí el lugar común de que vivimos en Macondo. Por supuesto, no he leído nada de García Márquez que no me parezca estupendo, pero no deja de ensombrecerme, porque suena a lectura en diagonal de la obra de aquella voz que los lagartos llamaban "el Gabo", que sigamos regodeándonos en la certeza de hacer parte de una estirpe que no va a tener "una segunda oportunidad sobre la tierra", que sigamos refugiándonos en aquel fracaso mágico e incorregible, de amores entre los flagelos, de coroneles abandonados a su suerte, de crónicas de muertes anunciadas, como si aquella suma de textos no fuera una denuncia, sino apenas el bello retrato de un sino. ¿Por qué lo estoy diciendo?: porque el Congreso –donde también se votó por unanimidad, sin saber qué se estaba votando, un encuentro con la Asamblea venezolana– sí que hace parte de ese país encogido de hombros ante su exotismo, su caricatura.

Fue la constatación de que ya no cuidan las formas, ni en tiempos de redes, porque no saben que existen. Fue la resignación a que esto es como es: a que esto es Macondo.

Y el pasado viernes 22 de octubre del segundo año de la peste, en plena votación a la brava de esta Ley del Presupuesto que –repito– de paso permite el uso de recursos públicos en tiempos de campañas, el mareado representante Anatolio Hernández se puso a preguntar desesperadamente "¿cómo están votando?, ¿cómo voto?" hasta que la presidenta de la Cámara se vio obligada a repetirle "Anatolio: vote sí". El representante necesitó cincuenta y cinco años –los cincuenta y cinco años de su vida cumplidos, precisamente, el día anterior– para llegar a ese instante. Se sintió resuelto, terminante, irreductible, en el momento de responder en tercera persona: "Anatolio vota sí". Y en la plenaria del lunes 25, superada la indignación de la gente durante el fin de semana, se murió de la risa con sus colegas cuando le recordaron esa escena de país llevado por el diablo que no les pasó a ellos, sino a todos.

El martes 26 quedó perfectamente claro el horizonte nacional cuando, en medio de las denuncias de los partidos de oposición, tan derrotados por el saboteo de la Ley de Garantías como por un extraño censo electoral del que cualquiera sospecha, el Registrador Nacional lanzó la máxima "el que no sienta garantías o crea que le van a hacer fraude no debería presentarse a las elecciones". Sonó, en español de electoreros, a "por qué no se van". No pareció el cinismo de los políticos zorros que lo han visto todo, no, el cinismo es el hastío de la inteligencia. Fue la desvergüenza sin el talento. Fue la constatación de que ya no cuidan las formas, ni en tiempos de redes, porque no saben que existen. Fue la resignación a que esto es como es: a que esto es Macondo. Y la demostración de que las elecciones del próximo año van a ser un pulso brutal para librarnos de estos dueños de la burocracia, clientelistas e inescrupulosos a más no poder, que nos tienen atorados en el fiasco.

RICARDO SILVA ROMEROwww.ricardosilvaromero.com

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