Legado

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Ninguna nación merece esa coartada: “Fue por amor a la patria”.

10 de octubre 2019 , 08:08 p.m.

A ningún país, ni siquiera al peor país imaginario, le deseo el escalofriante lugar común “fue por amor a la patria”. Palabras más, palabras menos, está en las circulares que las bandas criminales lanzan por debajo de las puertas, en los inverosímiles libros de memorias con los que nos asaltan los políticos que están armando sus campañas presidenciales y fabricando sus legados, en las declaraciones que sueltan los déspotas envejecidos en las escalinatas de los tribunales, en los peores episodios del largo y sangriento melodrama de Colombia: desde los linchamientos del Bogotazo hasta las tomas del Palacio de Justicia, desde las torturas de las guerrillas hasta los bombazos de los narcos, desde los fusilamientos de aquella Patria Boba hasta las exterminios de esta Patria Loca.

Ninguna nación merece esa coartada: “Fue por amor a la patria”. Y mucho menos después de tantas pruebas históricas de que se trata, en efecto, de una defensa cuando ya para qué, de una exoneración. Pero el expresidente Uribe, semejante lector y elector de la sociedad colombiana, media hora antes de contestar las 280 preguntas de su indagatoria ante la Corte Suprema ha dicho –palabras más, palabras menos– que nunca imaginó que su devoción por el país le trajera tantas “dificultades judiciales”. Y ese cliché maquiavélico, y las marchas bravas a favor y en contra de su causa, y la monja que pedía por él a Dios con un megáfono, y la madre de Soacha que lo acusaba de haberle arruinado la vida, pueden ser el anuncio de un nuevo capítulo de nuestra trama: el futuro del uribismo, ni más ni menos.

La defensa negacionista, duquista, que no pone en contexto, sino que decreta “honorabilidad”, y punto, tampoco le sirve al debate de fondo

Escribir sobre el expresidente Uribe ha sido agotador e inútil desde que tenía sentido llamarlo “el presidente Uribe”. Pero por estos días, además, cualquier cosa que usted diga puede acabar yéndose por el remolino de las tendencias y las contratendencias del inodoro de Twitter: “#EstamosConUribe” o “#UribeEsCulpable”. Hay gente que insiste en que gastarle otra columna al personaje es fortalecerlo y martirizarlo, y servirle a la fantasía de que Colombia se reduce a uribistas versus agnósticos, y darles gusto a los que ya estaban de acuerdo con uno, y alienar a los que no, y enardecer a los que aseguran que todo se reduce a una conspiración de castrochavistas ‘enmermelados’ del siglo XXI, y mejor sería dejarlo cumplir su palabra de retirarse como un caudillo que se dirige al poniente.

Creo que –si aún nos interesa sostener una conversación sin injurias y sin manotazos en la mesa– todos podemos estar de acuerdo en que el expresidente Uribe no es un perseguido, sino, de lejos, el político más poderoso de Colombia: como puede leer cualquier lector, uribista o no, la Corte no lo está investigando por manipulación de testigos porque una camarilla de corruptos izquierdosos quiera verlo encerrado en una jaula, agarrado a los barrotes como Abimael Guzmán, sino porque a él le salió mal una acusación infundada contra el senador Cepeda. Sí, el odio desfigura y arruina la discusión sobre el expresidente. Pero la defensa negacionista, duquista, que no pone en contexto, sino que decreta “honorabilidad”, y punto, tampoco le sirve al debate de fondo: por qué vivimos resignados a resolverlo todo con esta violencia.

Esa defensa del expresidente “duélale a quien le duela”, hace prever, en cambio, el futuro del uribismo: si todo sigue tal como va, si los alfiles siguen siendo los mismos de hoy, en un par de años el uribismo será la suma de una serie de líderes inescrupulosos e irresponsables e incendiarios, como pequeños Bolsonaros o pequeños Trumps, que se hacen elegir con la promesa de que este va a volver a ser un mundo para varones sin agüeros, y al mes les queda grande la tarea de gobernarnos a todos.

www.ricardosilvaromero.com

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