Imposible

Imposible

Creo yo, simplemente, que estamos viendo dos tipos de liderazgo en estos días de cuarentena.

30 de abril 2020 , 07:40 p.m.

Queridos líderes colombianos de a pie empezando por esta alcaldesa nuestra que se ha ganado su autoridad a punta de empatía: no es este el momento de llevarse la contraria a ustedes mismos, ni es el momento de “dar papaya”, que de por sí es tan triste esa manera de decir “servírseles a las aves carroñeras”, pues los dueños del viejo liderazgo están listos a señalar cualquier paso en falso –se frotan las manos, previamente embadurnadas con jabón antibacterial, acartonados y llorosos– como si un error aceptado y asumido fuera la prueba incontestable de que aquí no nos queda otra que rendirnos a estos políticos de media tabla que insisten en decretar un país, en reducir al Estado a tramitador de negocios, en llamar a la unión como llamando a la unidad a la que llama la Biblia, repito, para encogerse de hombros cuando llegue la hora de reducir a sus críticos a herejes: “¡Mamertos!”.

A diferencia de la escabrosa “dar papaya”, propia de una sociedad como un piso térmico en el que se dan más los astutos que los sabios, hay una expresión nuestra que siempre me ha conmovido hasta la risa porque revela cierta inocencia de plegaria que uno no va a sacarse ya de adentro: hablo del recurso “imposible que...”. Se dice cada tanto en el peor momento, y es súplica y profecía infalible al mismo tiempo: “Imposible que perdamos hoy...”, “imposible que Samuel Moreno salga tan malo como parece...”, “imposible que les permitamos posar como benefactores a los Estados Unidos de Trump en pleno fracaso sanitario, imposible que los malos consejeros del Gobierno aprovechen la pandemia para arruinar la implementación de los acuerdos de paz, imposible que en el duquismo, que ‘que lo hay, lo hay’, le estén apostando a que le vaya mal a Bogotá para que le vaya mal al 89 por ciento de popularidad de la alcaldesa...”.

No es personal aunque usted no lo crea. De tanto en tanto, los gobernantes absurdos resultan ser personajes bienintencionados que juran por Dios que están “del lado correcto de la historia”, ja. De tanto en tanto, los políticos de todo el espectro visible, de la derecha amarga a la izquierda encandilada, tienen en común que un día se sienten por encima incluso de los puntos cardinales. Y pocas veces, poquísimas, vale la pena manchar una reflexión poniéndole nombre y apellido a un arquetipo. Creo yo, simplemente, que estamos viendo dos tipos de liderazgo en estos días de cuarentena: no estamos viendo un partido Duque versus López, no, sino una autoridad que viene del cargo versus una empatía que confiere autoridad, una manida versión oficial versus un relato con el corazón en la mano, un llamado a la supuesta unidad versus un llamado a la solidaridad, aquel típico miedo a lo estatal versus aquella fe en lo público tantas veces postergada.

Pienso yo, simplemente, que de esta época virulenta saldrá bien librado el liderazgo que tenga claro que no nos tienen encerrados –no nos tienen vendados, ensordecidos, amordazados– sino pensando y volviendo a pensar detrás de la ventana que solo una clase política tan obsoleta como esta, escandalizada e implacable con los débiles, pero acostumbrada a la guerra hasta negarla, puede insistir en su juego de mesa después de –por ejemplo– las imágenes de esas fachadas grises plagadas de banderas rojas, los funerales mudos de los líderes sociales y de los excombatientes de las Farc que han sido asesinados durante la cuarentena, y las medidas propias de protección que ha tenido que tomar el corregimiento Santo Domingo de Meza, en El Carmen de Bolívar, por la marcha del virus en pleno abandono estatal.

Imposible que esto siga así. Imposible que, después de tener en frente semejante miseria, Colombia se la juegue por ser la peor acepción de Colombia.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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