Futbolistas

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Contar la historia de nuestro fútbol femenino es contar la fábula de nuestra precariedad.

28 de febrero 2019 , 08:22 p.m.

Por estos días mediocres e inverosímiles, que parodian los días de los dictadores y las amenazas nucleares y los maniqueísmos y las segregaciones, se me viene todo el tiempo a la cabeza la expresión ‘a estas alturas de la vida...’. Pues a estas alturas de la vida, cuando los males colombianos ya han sido diagnosticados y narrados hasta la náusea, y cuando los dirigentes misóginos y cínicos tendrían que ser una especie en vías de extinción, puede uno descubrir que lo obvio aún no lo es. Que, por ejemplo, hay que repetir –de tal modo que la verdad por fin sea escuchada– que nuestras futbolistas no solo han padecido la desigualdad de género, que se ha reducido apenas en la teoría, sino que han sobrevivido a los tradicionales pisoteos de las condiciones laborales de los deportistas colombianos.

Contar la historia de nuestro fútbol femenino es contar la fábula de nuestra precariedad. Es llegar a la peor moraleja del mundo conocido: ‘Colombia es así’. Y es notar que los abusos que algunas jugadoras se han atrevido a denunciar en estos días, a riesgo de cerrarse las puertas que suelen cerrarse aquí, han estado sucediendo desde el principio: dos futbolistas de la selección sub-17 narraron a La Liga contra el Silencio los acosos de los cuales fueron víctimas en su paso por el equipo; varias profesionales anónimas salieron a ratificar los relatos de las coacciones en las concentraciones; la delantera Melissa Ortiz y la mediocampista Isabella Echeverri confirmaron, en un video definitivo, que en la selección no les pagan, ni les dan uniformes nuevos ni les permiten criticar a su federación por esa negligencia que acaba siendo despotismo.

El tosco presidente de la Difútbol, González Alzate, salió esta semana a reducir las graves denuncias de las futbolistas a “un afán desmedido de figuración y de protagonismo inmerecido”.

Hubo fútbol femenino desde los setenta. Pero solo en los noventa, cuando empezaron los campeonatos nacionales, se dio en el público el paso de la estigmatización a la resignación. En los últimos diez años, que por un momento parecieron años mejores, vimos en los medios las conquistas de la selección de mujeres: las clasificaciones a los mundiales, las participaciones en los Juegos Olímpicos y las finales gloriosas en los torneos más importantes del continente. Poco se nos dijo del entrenador que pedía plata, de 600.000 a 10 millones, a cambio de convocar a ciertas jugadoras que muchas veces no llegaban a jugar: “Yo lo que quiero es un botincito”, decía. Nada se supo de los contratos negados, ni de los auxilios cortados, ni de las cartas ignoradas ni de los enfrentamientos con el técnico Taborda.

Dio rabia que en 2017, no obstante una década de logros, no fuera una de nuestras futbolistas –sino una modelo– la llamada a vestir por primera vez la nueva camiseta de la selección. Pero el desprecio del fútbol de mujeres solo se hizo evidente en estos días.

El exsenador Camargo, jefe eterno del Deportes Tolima, violó todas las normas de la Fifa contra la discriminación cuando se lanzó a definir nuestro fútbol femenino –en diciembre del año pasado– como un fracaso, como “un caldo de cultivo para el lesbianismo”, como una prueba de que “las mujeres son más tomatrago que los hombres”. El tosco presidente de la Difútbol, González Alzate, salió esta semana a reducir las graves denuncias de las futbolistas a “un afán desmedido de figuración y de protagonismo inmerecido”. Y la moraleja fue –y es– que en la impune Colombia, tierra de vetos, de censuras, de abusos de poder, de chantajes y de poquísimas oportunidades, lo mejor es callarse. Y que es más duro en un mundo que, como el fútbol, insiste en tener reglamentos por encima de la ley. Y que es aún peor si uno es mujer.

Hace un mes, el presidente Duque anunció que Colombia se postulará para ser la sede del mundial femenino de 2023. Ojalá haya fútbol de mujeres de aquí allá.

www.ricardosilvaromero.com

Sal de la rutina

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