Frankenstein

Frankenstein

Lo que hemos visto en el país es una fábula sobre cosechar tempestades o tragarse la propia medicina

13 de febrero 2020 , 08:03 p.m.

Uno es el autor de sus pesadillas. No es la primera vez que un movimiento político nuestro engendra el monstruo que va a hacerlo polvo, como le sucedió al doctor Frankenstein o al doctor Bogdanov que murió por culpa de la transfusión de sangre que iba a rejuvenecerlo, pero lo que hemos estado viendo acá en Colombia es una fábula sobre cosechar tempestades o tragarse la propia medicina o como quiera llamarse eso de condenarse a sí mismo a la peor versión de su destino: el general que llora la muerte del sicario que se jactó de serlo hasta el final, los funcionarios que hacen parte de una manada virtual consagrada a aniquilar a los opositores del uribismo, los periodistas sensacionalistas que se muelen a gritos en la franja maldita de los medios, fueron criados por una “extrema derecha” que cada día suena más a redundancia.

Durante cuatro décadas hemos sido esta sociedad que lucha en vano y a diario por no entregarse por completo a la lógica y la cultura y la mitología de la mafia: “Plata o plomo”. Cómo no iba a llegar al poder, un mal día de un mal año, esta generación fanfarrona que cree que montar una “bodeguita uribista” es hacer justicia, o que volverse “tendencia” en Twitter a sangre y fuego es hacer periodismo, o que llamar “adoctrinados” y “polarizadores” y “comunistas” a los que tengan el descaro de pensar diferente es la mejor manera de recobrarle al país su cordura, o que ser el Gobierno es ser la oposición de la oposición: el gobierno de Duque, tambaleante por naturaleza, ya se habría caído si hubiera tenido que soportar a los opositores del uribismo de la década pasada.

Cómo no va a haber periodistas que se sientan obligados a respaldar al vengador anónimo del puente peatonal –sin tener claro qué ni quién ni cuándo ni cómo ni por qué– si sus líderes y sus patrones les montaron un país dentro del país que es un elogio de la violencia. Cómo no va a agradecer el nuevo ministro de Salud la amable absolución del expresidente Uribe, “sabemos que el doctor Fernando Ruiz no tuvo que ver con el robo de Saludcoop y Caprecom...”, si el lado oscuro del establecimiento sigue aferrándose a la ilusión de que esta aún sea esa nación piadosa y sanguinaria unida por el temor a un par de enemigos ficticios.

Cómo no iba a estallar la trama de la exsenadora Merlano tal como estalló: cómo no iba terminar siendo una parábola sobre nuestro empobrecimiento si la señora aprendió de los peores –de esos caciques de partidos hechizos que a duras penas se representan a sí mismos– a combinar todas las formas de lucha en campaña, a comprar votos, a entender la política como el arte de convertir la mierda en dólar, a abusar del poder con la venia de Dios, a escapar de la justicia, a esconderse en las trincheras de los enemigos de los enemigos, a soltar verdades a medias que de paso manchen. Yo le creo a ella la mitad de lo que dice, por supuesto, porque comete el colombianísimo error de hundirlos a todos exculpándose a sí misma, pero me parece el ejemplo perfecto no solo de esos sacrificios humanos que se les salen de las manos a los adoradores del poder, sino de cómo tarde o temprano la politiquería y la corrupción les estalla en las manos a los bárbaros que las ofician.

No es fácil elegir aquí la noticia de la semana. Pero para mí, más allá de los agarrones degradantes o las bodegas virtuales allanadas, la peor de todas es que –según el Dane– el costo de las campañas electorales subió 34 % en la última década: creo plenamente que nuestra política seguirá transformándose porque cada día serán más evidentes los tramposos con sus trampas, pero sé que no será nada fácil si nuestras elecciones también siguen teniendo tanto que ver con la plata y con el plomo.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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