Fiebre

Trumpistas seguirán su cruzada intolerable. Solo serán vencidos cuando la democracia no sea fachada.

14 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Será breve pero será guerra. En los periódicos se las reseñará como protestas salidas de madre, pero para ellos, para los conspiranoicos miembros de QAnon y los neofascistas “muchachos orgullosos” de los Estados Unidos, serán verdaderas batallas santas: “la América profunda” contra “el Estado profundo” igual que en el bosque de Deliverance. No hay que ser del FBI para saber que seguirán saliendo a las calles, como cuando se tomaron el Capitolio en Washington, a poner en escena su fantasía de conspiración legitimada una y otra vez desde 2016 por el presidente gansteril Donald J. Trump: febriles e idos, varados en un mundo que insiste en ignorarlos, darán la vida en el empeño de derrocar esa supuesta élite de mujeres, negros, homosexuales, judíos, socialistas, pedófilos, abortistas, vacunadores, políticamente correctos e inmigrantes que –según ellos– buscan exterminarlos por ser hombres blancos.

Si uno quiere, puede hacer que suene antidemocrático que destierren a Trump de Twitter o Facebook o YouTube, porque las redes sociales no solo han sido distopías sino también utopías cuyas condiciones de uso no necesariamente han coincidido con las leyes de los países, pero la idea no era echar del paraíso a un alma perdida que gritaba barbaridades ante decenas de conocidos, sino expulsar demasiado tarde –luego de años de vivir de él y de regodearse en su violencia como si no pasara de broma macabra– a un poderosísimo sociópata que azuzaba e incendiaba un golpe de Estado enfrente de millones de “muchachos orgullosos” dispuestos a todo. Aquí están: un día les inculcaron el miedo al socialismo diabólico para incumplirles impunemente las promesas de la democracia, para negarlos y volverlos a negar, y han estado esperando el momento de hacer su justicia.

Los trumpistas, un revoltijo de supremacistas blancos, neonazis, fanáticos de Q, miembros del Ku Klux Klan, fundamentalistas que meten a todos los políticos en el mismo saco, fabricantes de noticias falsas y terraplanistas convencidos de que la llegada a la Luna fue una farsa dirigida por Stanley Kubrick –y es una lástima que, a la luz de su violencia, ya no sea tan chistoso retratarlos–, quieren quemar el país del progresismo, y les corresponde a los demócratas de la izquierda a la derecha convencerse a sí mismos de que la solución en efecto es la democracia: las redes sociales sí que le han servido a esta tendencia a sustituir la reflexión por la reacción, a sustituir la tortuga por la liebre, pero resulta definitivo poner en marcha el aplazado cierre de las brechas entre géneros, entre suertes, entre razas, entre orientaciones sexuales, entre fes, que los días de la pandemia nos han puesto en las narices, sin derrocar a nadie que asuma la ley.

Ha sido lo humano anhelar que detrás de esta experiencia sin tregua, de duelos por hacer, de responsabilidades por asumir, de cuentas por pagar y de reconocimientos políticos por recibir, no esté ninguna verdad prosaica que lo comprometa a uno mismo como, por ejemplo, nuestro fracaso a la hora de exigir y de ejercer la solidaridad–, sino que haya una de esas conspiraciones pactadas en rincones penumbrosos del Hotel de Bilderberg o del monte de Sión. Basta con que aparezca un inescrupuloso un poco más inescrupuloso de lo usual, como Trump el fascista, el posveraz, que entregue a sus multitudes cabezas de supuestos enemigos del pueblo, para que suba la fiebre y crezca la bola de sangre. Y aquí están sus “muchachos”: llevan cuatro años llenándose de furias e imaginándose las gestas que vienen.

Seguirán su cruzada intolerable, así mañana sean detenidos, pues solo serán vencidos cuando la democracia no sirva de fachada de los negocios ni de las venganzas de nadie.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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