Estrategias

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Nunca salió bien aquello de ideologizar a nuestro ejército.

06 de junio 2019 , 07:00 p.m.

De vez en cuando me encuentro al noble coronel Velásquez. Siempre es una suerte verlo porque siempre me hace entender algo de lo que está pasando acá en Colombia. Velásquez, Carlos, hizo una brillante carrera militar durante veintisiete años –ocupó el primer puesto en sus cursos de ascenso, recibió decenas de condecoraciones, comandó el Bloque de Búsqueda que radicó el proceso 8.000, capoteó trampas y vilezas– hasta que su denuncia de la conducta sospechosa del general Rito Alejo del Río llevó al mando de la época a concluir que era hora de que dejara el servicio activo. Velásquez empezó entonces una segunda vida que lo convirtió en estudiante, en profesor, en columnista de El Nuevo Siglo. Y siempre es una alegría verlo. Pero el viernes pasado fue un alivio.

Yo le pregunté por qué fallan las Fuerzas Militares cuando fallan: por qué las “órdenes de letalidad” que denunció The New York Times, por qué los ‘falsos positivos’ de la década pasada, por qué la enceguecida retoma del Palacio de Justicia, por qué los desmanes de los días del Estatuto de Seguridad. Y él, que se ha pasado la vida diciendo que “uno no debe cortar sino deshacer los nudos”, me hizo notar que –como escribió en su columna del lunes– la raíz del problema es “la falta de una estrategia nacional con indicadores de gestión coherentes de la que pueda derivarse inequívocamente una estrategia militar”. Por ejemplo: el plan de este gobierno, la Política de Defensa y Seguridad para la Legalidad, el Emprendimiento y la Equidad, que se presentó en Tolemaida, dice qué hay que hacer, pero no dice cómo.

Colombia, en su violenta búsqueda de una ‘unidad’, ha amado los uniformes: de los curas, de los militares, de los futbolistas.

Dijo el presidente Duque el día que lo presentó: “¡Pido a las Fuerzas Militares que respondan con resultados al clamor de la ciudadanía!”. Pero, como su gobierno vive sitiado por caraduras que niegan el conflicto, como su gobierno no empezó por merecerse la confianza de la ciudadanía de las regiones de la guerra, y ha sido peligrosamente ambiguo, por decir lo menos, ante los compromisos de los acuerdos de paz, es probable que el país de los meses pasados haya sido vigilado por un montón de soldados alterados. No los excuso. Tampoco creo que esta administración se haya inventado el error de reducirlo todo a “resultados”. Digo que estas tropas suelen serles leales a estos presidentes. Digo que nunca salió bien aquello de ideologizar a nuestro ejército.

Que cada vez es más claro que fueron los falsos patriotas quienes empujaron a los militares a servirle a uno de los bandos de la Violencia, a perseguir al comunismo en los años del Estatuto de Seguridad, a enrarecer las negociaciones de paz de los últimos tiempos.

Y que, ya que se trata de derrotar esta cultura de panfletos, de asesinatos sistemáticos, de despojos, resulta fundamental que este gobierno aclare en voz alta lo que quiere, cuide cada una de sus palabras y no nos busque más una paz de camposanto.

“Solo los derrotados juegan sucio”, dice el héroe de la película Vida y muerte del coronel Blimp. “Yo he sido uribista, santista, duquista...”, respondió el lúcido general Mejía cuando a los inescrupulosos de siempre les dio por exigirle al Presidente –desde su burladero– el fin de la cúpula del gobierno anterior. Quizás sea por ese talante sereno que me gusta encontrarme con el coronel: porque su criterio es la cordura, porque habla en serio cuando habla de servirle al país, porque él sí que merecía el ascenso que el Senado acaba de concederle al cuestionado general Martínez, pero nunca se dejó amargar. Colombia, en su violenta búsqueda de una ‘unidad’, ha amado los uniformes: de los curas, de los militares, de los futbolistas. Y hay que celebrar aquellos casos, como el de Velásquez, en los que ese amor ha sido un amor correspondido.

www.ricardosilvaromero.com

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