Esperancia

Esperancia

Quién podría negarse a tener algo así a la hora de dormir: esa paciencia esperanzada.

19 de marzo 2020 , 08:26 p.m.

Se ha ido la semana a duras penas. Pero nuestra familia, Carolina, Ricardo, Pascual e Inés en orden de estatura, ha estado bien –gracias por preguntar– en este apartamento que por suerte fue pensado como un refugio desde un principio. Hemos sido buenos para improvisar entre la rutina, que es una manera de sujetarse a uno mismo. Nos ha hecho mucha falta la abuela, Marcela, pero nos hemos cruzado mensajes de voz, como de enamorados, en los recreos. Hemos cumplido las recomendaciones de los médicos. Hemos sorteado el gran peligro del encierro: eso de que se multipliquen las posibilidades de mirarse en el espejo. Y, en medio de las noticias de los amigos contagiados con el virus y de las fotos de la locura en los supermercados y de los emocionantes “aplausos sanitarios” y de los esperanzadores avances en Wuhan, ha sido claro que la gracia de la clausura es volver con alguna noticia de lo humano.

Cada tanto ocurre el fin del mundo. Y luego, sin embargo, el mundo sigue. Y ciertas veces perdura para bien, como una marcha fúnebre sin arrepentimientos. Y esta vez está pasándonos, creo yo, para desterrar del horizonte a estos dueños de las cosas que explotaron la Tierra como marcianos de paso, a estos emperadores de esquina que jamás supieron ser sin prevalecer, a estos subyugadores de mujeres y de niños y de raros que aún se salen con la suya, a estos líderes de medio pelo, segregadores hijos del pensamiento de manada, que hasta la aparición del virus ya no sabían cómo más –con qué miedo o qué enemigo– aplazar la lucidez y la indignación y la solidaridad de “la gente”. No más perdonavidas, ni sermoneadores, ni prohombres de puertas para afuera: este puede ser, finalmente, el paso a ese capítulo.

Por estos días de pandemia se nos pide, en clave de prócer, no polarizar ni politizar semejante bola de nieve, semejante bola de virus, pero, aun cuando es obvio que vivir al tiempo en el mundo es tener todo en común y es claro que “la polarización” es una sucia estrategia de campaña, creo yo que de este a oeste estamos viendo en vivo y en directo –piensen ustedes en Colombia– el declive de esos gobernantes acartonados, encomendados a la providencia e indignos de aquella confianza que ha sido la clave para superar las peores pestes de la historia: cómo nos vendría de bien, en cuarentena, un presidente que no sea el problema, que no confunda gobernar con pensar en voz alta con vehemencia, que no administre en defensa propia, que no entorpezca el liderazgo verdadero, que no le sume zozobra a la zozobra, que crezca.

Pero quizás es así para que de este encierro –protegido por tantos valientes y ajeno a tantos trabajadores que no pueden darse el lujo de encerrarse– volvamos aún más críticos, más solidarios, más reacios a la arbitrariedad y a la violencia, y más conscientes, como asumiendo la estrategia del caracol, de que los líderes están entre nosotros.

Inés, que nos ha estado enseñando a hablar en estos últimos tiempos, ya me ha dicho en broma un par de tardes de las de esta semana –que ha parecido un solo día largo y una alucinación– que ni se me ocurra salir de “el apartamiento” más de media hora: que tenga “esperancia”, por favor. Quién podría negarse a tener algo así a la hora de dormir: esa paciencia esperanzada.Quién no se pone bien de un golpe, clic, cuando oye esa palabra mágica. Quién no se encoge de hombros y se ríe en vez de dedicarse a hacer rayas en la pared. Quién no le ve la gracia a escribir y seguir escribiendo que estamos siendo testigos del fin de aquella era en la que ciertos políticos expertos en sí mismos pretendían convencernos de que ni el mundo, ni el país, ni la ciudad ni “la gente” eran asunto nuestro. Creo yo que viene un comienzo.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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