Diplomacia

Diplomacia

No era fácil vaticinar que Ordóñez se iba a atrever a reducir a los migrantes a enemigos.

09 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Pero es que a quién puede ocurrírsele, en sano juicio, que Ordóñez sea su embajador. Se les llamó diplomáticos, en la Antigüedad, a los portadores de una comunicación privada. Luego, cuando los romanticismos engendraron las naciones, se les llamó diplomáticos a los autorizados a susurrar en nombre del Estado. Y desde entonces se habla de diplomacia cuando se habla de la alternativa a la guerra: de la mesa que reemplaza al campo de batalla. Pero el exprocurador Ordóñez, que no es el embajador de Colombia en la OEA en una realidad paralela, sino en esta, aseguró el jueves pasado que este dolorosísimo éxodo venezolano de tiempos de dictadura –mírelo usted mismo en las calles– “hace parte de una agenda global para irradiar en la región el socialismo del siglo XXI”.

Hay que ser Ordóñez. Hay que seguir creyendo en una conspiración judeomasónica, como cualquier supremacista o franquista o ultracatólico del siglo pasado, para soltar semejante barbaridad en semejante foro: en el consejo permanente de aquella organización, la OEA, que fue creada en pleno Bogotazo para promover los derechos humanos, las democracias, las paces de América. Desde el principio, desde el descabellado nombramiento de aquel político que convirtió la Procuraduría en una aplanadora de progresismos, se sabía que algo así iba a pasar. Pero, obligados a concederle el beneficio de la duda, no era fácil vaticinar que Ordóñez se iba a atrever a reducir a los migrantes a enemigos: a agentes secretos de “un plan fríamente calculado”.

Y mucho menos en el contexto de los esfuerzos que ha estado haciendo el Estado colombiano para conjurar la xenofobia y para encontrarles un lugar en el país a esas familias desfallecidas que se ven todos los días en las orillas de las carreteras.

Tendría que irse el señor Ordóñez. Tendría que defender sus teorías conspirativas lejos de este gobierno que, en busca de sí mismo, ha insistido en la solidaridad con el drama venezolano.

El señor Vivanco, de Human Rights Watch, lo resumió de modo inmejorable: “Es de no creer”. Tanto el canciller Trujillo como el presidente Duque desautorizaron a su embajador horas después. Y sin embargo, ya que no le pidieron la embajada de vuelta, sino que apenas le recomendaron una rectificación que al cierre de esta edición no había llegado, quedó en el contaminado aire colombiano la sensación de que vivimos una época en la que no se entiende del todo la palabra ‘diplomacia’. Tendría que irse el señor Ordóñez. Tendría que defender sus teorías conspirativas lejos de este gobierno que, en busca de sí mismo, ha insistido en la solidaridad con el drama venezolano.
Pero es que aquí no se ha usado renunciar.

Tampoco se ha usado cuidar las palabras. Y hoy, en la era de la lapidación en las redes, sí que estamos rodeados de gente que empieza los juicios por las sentencias, de irresponsables que pronuncian la violencia y voces sueltas que detonan la crueldad.
Para enterarse de que ‘diplomacia’ viene de ‘diploma’, y saber que en un principio un diploma fue un papel doblado en dos para que solo el destinatario supiera qué había adentro, debe acudirse a un diccionario etimológico. Pero basta con tener corazón para entender que hay que pensarse tres veces todo lo que se diga en un país en guerra, basta con haberle prestado atención a la historia –con tener tripas o vergüenza– para saber de memoria, por ejemplo, lo riesgoso que ha sido estigmatizar aquí en Colombia.

No es un tema menor. Son tiempos de prueba, tiempos de Putin y de Trump, para las organizaciones internacionales que vinieron al mundo a conjurar las guerras azuzadas por los nacionalismos. Para zanjar el descache de ese embajador de sí mismo, la vicepresidenta Ramírez, en contravía de su gobierno, ha llamado a Ordóñez “un general de cuatro soles”. Pero yo no llamaría así a un diplomático que no habla la lengua de la diplomacia ni la lengua de la compasión.

www.ricardosilvaromero.com

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