Descuaderne

Da igual quién sea el presidente si cree en la Constitución, en la igualdad y en la democracia.

29 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

No me pregunten por qué, porque se me puede ir la columna entera respondiéndolo, pero hace un par de días se me vino a la cabeza de golpe la oración con vocación de verso con la que solía promocionarse una película de 1984 que se llama Bajo fuego: “La primera baja de una guerra es la verdad”. Soy capaz de recordar el afiche. Y entonces, apenas lo veo, se me va sumando en la memoria aquel país a seis columnas que no conseguía librarse de un conflicto armado interno exacerbado tanto por el negocio de la droga como por el negacionismo salvaje de su ultraderecha encorbatada: un país como el de hoy. Que, distorsionado por su propia violencia, sigue cayendo en la trampa –de sociedades evangelizadas y a la espera de un mesías– de creer que el asunto de fondo es que sus políticos inescrupulosos e irresponsables hagan las paces.

No se dijo así en la Cumbre de Gobernadores de hace unos días, sino que se habló, precisamente, de un diálogo nacional más allá de los apellidos que detonan las iras de las barras bravas de las redes, pero la historia llegó a los medios convertida en el titular “mandatarios regionales piden una tregua a los expresidentes Uribe y Santos”.

Hasta hoy han muerto 1’167.124 personas en el mundo –30.565 colombianos– por culpa de la nueva peste. Puede pasar que Estados Unidos, la democracia para imitar ni más ni menos, se venga abajo con la reelección del bárbaro que los viene guiando al precipicio: “Es fundamentalmente incapaz de reconocer el sufrimiento de los demás”, escribe su sobrina Mary en Siempre demasiado y nunca suficiente. Se lleva a cabo, mientras avanza este párrafo, otra jornada de la “marcha de peregrinación por la vida y por la paz” de las antiguas Farc, que no solo busca pedirles perdón a las víctimas por la era de los secuestros y los reclutamientos, sino servirles de funeral a los 234 exguerrilleros asesinados por la espalda. Y, en medio de catástrofes, de exterminios, de descuadernes de vida o muerte, nosotros seguimos varados en un puñado de apellidos.

Sí que vale la pena ver este fin de semana El juicio de los 7 de Chicago, la película de Sorkin, para notar que desde hace décadas “la revolución” ha sido defender estas repúblicas de iguales que permiten derrocar cada cuatro años a los pequeños tiranos que sueñan con reducirlas a ruedas de negocios brutalmente vigiladas por la fuerza pública; para llegar al momento en el que Abbie Hoffman, el activista contra los inútiles horrores en Vietnam, lanza en el estrado la sentencia “pienso que las instituciones de nuestra democracia son cosas maravillosas que ahora mismo están ocupadas por gente terrible”; para preguntarse si no estaremos prefiriendo la costumbre de la guerra a la costumbre de la verdad: si algo han probado las catástrofes, los exterminios y los descuadernes es que hacer política no es imperar sino reconocer.

El señor Laverde me hacía ver el otro día –con su voz de periodista valiente detrás del tapabocas– que caemos en la vieja trampa apenas empezamos a preguntarnos, como llamando al Chapulín Colorado, quién podrá librarnos de este populismo reaccionario que aspira a tomarse la justicia, apuesta nuestra política exterior al trumpismo, compara a los periodistas críticos con los guerrilleros y sueña con reducir el Congreso a junta de edificio. Valga repetir, pues, ahora que empiezan a llover precandidatos presidenciales, que se trata de despersonalizar la política. Se trata de que la pregunta ya no sea quién sino qué puede salvarnos del autoritarismo. Da igual quién sea el presidente si cree en la Constitución de 1991, en la ley, en la igualdad, en la democracia. Da igual el apellido del jefe o de la jefa de Estado si prefiere la verdad sobre la guerra.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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