Curulario

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Uno piensa que esto de “la Violencia” es una plaga de nunca acabar.

25 de abril 2019 , 07:06 p.m.

¿Y si la época de “la Violencia” es esta? Mejor dicho: ¿y si “la Violencia” no fue aquella década larga en la que los colombianos se mataron con saña por ser liberales o por ser conservadores, sino que es una cultura que muere y que renace de las cenizas de su predecesora, una pandemia, un problema de salud pública –como un virus que muta– que no hemos podido controlar? El expresidente Uribe le grita al exalcalde Petro “¡sicario!, ¡sicario!, ¡sicario!” en el recinto del Senado, luego de declarar “prefiero ochenta veces al guerrillero en armas que al sicariato moral difamando...”, pues el exalcalde Petro ha acusado al expresidente Uribe no solo de estarle poniendo “trabas filibusteras” a la paz, que es evidente, sino de haber apoyado en los últimos treinta años ideas que beneficiaban a los narcos.

Y uno se entera porque #UribeSicarioMoral compite con #PetroSicarioMoral en las tendencias de las enajenadas redes sociales. Y uno piensa que esto de “la Violencia” es una plaga de nunca acabar: que aquí están otra vez las manadas enfurecidas y las sentencias irresponsables y las licencias para aniquilar.

El Congreso aprendió a ser de bolsillo durante la dictadura: atizó “la Violencia” y defendió con su vida el bipartidismo que sujetó a la sociedad colombiana durante tanto tiempo

El Congreso ha sido escenario de nuestros debates de vida o muerte, pero también ha sido arena para las tragedias, los sainetes, las infamias, las vergüenzas. El Congreso fue cerrado unas semanas después de la balacera de octubre de 1949: “¡Yo al menos soy hijo legítimo!”, “¡Miente, malnacido!”, se gritaron con el arma al cinto. El Congreso aprendió a ser de bolsillo durante la dictadura: atizó “la Violencia”, defendió con su vida el bipartidismo que sujetó a la sociedad colombiana durante tanto tiempo, vendió su alma a un par de diablos, tramitó reformas de verdad y reformas para que todo siguiera igual. Sirvió de tribuna a los jefes paramilitares, en junio de 2004, cuando el país naufragó en el unanimismo. Y hoy tendría que representar a un país que no teme a los poderes de siempre ni cree en aplastar la oposición.

Escribir una columna de opinión aquí en Colombia es como levantarse en la madrugada de un lunes –“otra vez...”, se dice uno, con los ojos entrecerrados, a punto de rezar– porque esto se niega a dejar de ser esto, porque seguimos regodeándonos en los fracasos de nuestra memoria colectiva, porque no puede ser que uno le esté pagando el sueldo a un senador que, en este país que lleva setenta años padeciendo de estrés postraumático, y ahora que han vuelto los panfletos sanguinarios por debajo de las puertas, prefiere ochenta veces a los armados que a los difamadores: ¿vivimos varados en aquella época en la que –según dice Eduardo Santa en su texto de 1960 sobre la crisis de los partidos– “se es una u otra cosa por tradición” y “el individuo nace con el carnet político atado al cordón umbilical”?

No. No creo. Ya no. Es cierto que tenemos encima políticos educados por “la Violencia”. Que ni la valiosa representante Ángela María Robledo, que ha legislado del lado de las víctimas, ni el irrepetible senador Antanas Mockus, que no ha hecho una carrera sino una obra política en busca de que en este país se respete la vida, tendrían por qué estar defendiendo a estas alturas sus curules. Que la relación del Gobierno con el Congreso, en pleno debate cenagoso del Plan Desarrollo, está lejos de ser transparente. Que sería lo mínimo que el partido del Presidente, que no representa a la mayoría, dejara de sabotear a la oposición en la discusión de las objeciones a la ley de la JEP. Y que sigue esa pandemia empujando a muchos al allanamiento, a la estigmatización, a la liquidación de aquellos que se les salen de las manos.

Pero ya no se nace con carnés políticos, ni se debe atar uno a un bando para sobrevivir ni hay hijos ilegítimos aquí en Colombia.

www.ricardosilvaromero.com

Sal de la rutina

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