Contramonumento

Contramonumento

Silencio, para que este gobierno rodeado de estatuas empiece a funcionar como el contramonumento.

13 de diciembre 2018 , 10:06 p.m.

Silencio, por favor, para que sea claro qué dice el contramonumento de Doris Salcedo. Que está en el centro del centro de Bogotá, entre las ruinas de una casa del siglo XIX, pero no es otra estatua envanecida e inútil, sino un piso de losas grises, como lápidas arrugadas y sin nombres, hecho a punta de fundiciones y de martillazos –por varias mujeres silenciadas por la violencia sexual de la guerra– con una buena parte de las 8.112 armas que entregaron las Farc. Se llama Fragmentos porque no es una obra definitiva, sino un futuro, una página en negro: tres largas salas de exhibición, que estarán mudas durante los 51, 52, 53 años que duró el conflicto, para que decenas de artistas pongan en escena sus miradas de la barbarie y hagan palpable el remoto horror de ocho millones y medio de víctimas.

Silencio, por favor, para que el bello contramonumento de Salcedo –ese piso espectral lleno de cicatrices y de abolladuras– sea la prueba incontestable de que aquí en Colombia el hombre sí fue capaz de lo peor y la paz sí se dio después de semejante crueldad y las armas sí se entregaron a pesar del odio. Silencio para escuchar a las víctimas que por fin pueden pararse sobre las mismas ametralladoras que las sometieron con sevicia, pero también, hoy, para que el presidente Duque aclare de una buena vez en dónde está parado: cuál es su piso. Pues el contramonumento sugiere narrar desde todos los flancos, como si fuera el pasado, aquel país en el que muchos llegaron a creer que el pueblo solo podía ser interlocutor del poder por medio de las balas, pero Duque no tiene tiempo para nuestro tema de fondo.

Duque pide a la JEP que sea implacable con aquellos actores del conflicto que no cuenten todo lo que cometieron, pero no asiste a la ceremonia de instalación de la Comisión de la Verdad –ni manda a nadie– a escuchar los penetrantes testimonios de aquellas víctimas que no le pertenecen a ninguno. Duque no logra encontrar entre sus grupos de WhatsApp un director del Centro Nacional de Memoria Histórica que sepa que aquí el pulso no es ni ha sido un pulso entre versiones, sino entre silenciados y silenciadores. Duque, que fue elegido por uribista pero también por contrario al sectarismo, y que ha estado presidiendo un gobierno que pasa el sombrero antes de dar la misa, deja con la mano estirada a los personajes del año de EL TIEMPO: los 11’674.951 colombianos que votaron en la consulta anticorrupción.

Y no es claro a qué pueblo está escuchando ni de qué están hechas las láminas del suelo por el que camina.

Dónde anda mientras el agua hierve y la marea sube y el rumor crece. Dónde está su voz conciliadora mientras llueven ratones en el Congreso y el periodismo es matoneado a diestra y siniestra. Qué puede ser más determinante para cualquier gobierno que lograr que la paz sea irreversible. Qué puede ser más grave –más parecido a ese enmudecido país del pasado– que este desmadre en el que la Vicepresidenta se permite lapidar a una columnista por “amargada” y la Fiscalía habla de incautar audios en poder de Noticias Uno. Por qué tanto su reforma de la justicia como su pacto contra la corrupción con todas las fuerzas políticas pueden naufragar sin pena ni gloria, pero su ley Tic debe ser aprobada ya, ahora, sin que él mismo le ponga la cara al futuro en riesgo de la autonomía de la televisión pública que nos ha redimido tantas veces.

Silencio, por lo que más quieran, para que este gobierno rodeado de estatuas empiece a funcionar como el contramonumento de Salcedo: no va a salir bien esta presidencia, que cuatro meses después sigue pareciendo una presidencia ad hoc, si no se dedica a liderar una sociedad que no se muera de miedo y no se resigne a las mordazas.

www.ricardosilvaromero.com

Sal de la rutina

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