Contexto

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Hay que defender esta paz quebradiza que, aún a media marcha, ha librado a tantos de la violencia.

14 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Hay que defender la paz. Hay que reivindicar el milagro de haber acabado a punta de palabras con una guerra de sesenta años. Hay que decir, con esta oposición fortalecida por la vocería brillante, sin eufemismos y de buena fe de la representante Goebertus, que las seis objeciones del presidente Duque a la JEP son necias e improcedentes: que se ponen ‘juristas’ cuando les conviene. Hay que repetir hasta el agotamiento que corregir la JEP –revisada tanto por el Congreso de la República como por la Corte Constitucional– no parece una jugada de ‘estadista’ para unir a Colombia, sino un ardid de politicastro para devolvernos a los días bisiestos del ‘sí’ y el ‘no’. Hay que defender sin pudores el criterio de la convivencia.

Pero también hay que poner las cosas en su contexto. Hay que volver al plebiscito maldito de 2016: el ‘sí’ a los acuerdos de paz con las Farc venció en las zonas de la guerra, pero perdió con el ‘no’ en las ciudades que apenas se enteran del horror. Solo entonces el Gobierno reconoció que, para darle un verdadero cierre a la negociación, habría que haber contado con los líderes del ‘no’ desde el principio. Se consiguió la proeza de renegociar el pacto –e incorporar las ideas de los antagonistas del proceso– con aquella guerrilla rancia. Se firmó de nuevo, en el Colón, el fin de esa barbarie. Pero ya era tarde: el grupo encabezado por el expresidente Uribe se negó a reconocer “la paz de Santos” porque se olió, en el país en blanco y negro que nos dejó ese plebiscito, su regreso al poder.

Volvió. Y vino esa presidencia de Duque, la presidencia errática, concertadora e impopular del principio, que quiso ser un escenario para la reconciliación –hay que recordar esa foto en una oficina del Senado, como un escalofriante óleo de museo, en la que rivales enconados como Uribe, Petro, Cepeda, Valencia, Lozano, Lara, Lozada y Goebertus parecen capaces de firmar la paz que le estaba haciendo falta a la paz–, pero que una mañana, después de la enésima encuesta intranquila, amaneció convertida en la tercera presidencia del uribismo: otra Casa de Nariño plagada de supuestos enemigos que, a punta de planes de desarrollo improvisados, empuja tanto a los colombianos del ‘sí’ como a los del ‘no’ a servirles a unos cuantos patrones nomás.

Hay que advertir que estamos en un país en el que ha sido usual que los políticos se nieguen a hacer política.

Hay que aclarar que nuestro contexto es esta Colombia que, en los paranoicos años cincuenta, acabó metida en una guerra civil porque ni los gobiernos conservadores ni las oposiciones liberales fueron capaces de reconocerse.

Hay que defender esta paz quebradiza que, aún a media marcha, ha librado a tantos de la violencia. Hay que hacer respetar la separación de poderes. Hay que rescatar, de las sucias estrategias de siempre, las elecciones regionales de este año: “Estábamos buscando que la gente saliera a votar berraca...”, confesó el cándido gerente del ‘no’. Hay que dejar de estigmatizar a los que votaron contra los acuerdos, pero, teniendo en cuenta que los políticos, empezando por Uribe, son mucho más pragmáticos y mucho menos ideológicos de lo que uno cree –mucho menos, sin duda, que sus fanáticos–, hay que tener claro que ya nos habríamos reconciliado si en verdad dependiera de seis objeciones y si reconciliarnos fuera la idea: que no es que este país lleno de matices siga reducido a ‘sí’ y a ‘no’, sino que el nuevo gobierno de este gobierno ha empujado a liberales y conservadores a la rentable política de dividirnos.

Hay que votar, sí. Hay que ganar las elecciones para no pasarse la vida marchando. Pero, si se pierde, hay que conseguir del presidente de turno un gobierno en el nombre de todos.

www.ricardosilvaromero.com

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