Conteo

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Vivimos una violencia en estado puro, una violencia de género sorda a las protestas y súplicas.

25 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Dígame usted si puede ser peor: un verdugo borroso deja abandonado, apuñaleado y roto el cuerpo que fue Yenny Vega, de 23 años, como la ropa de ayer en una esquina del barrio San Bernardo de Bogotá.

Es aquella violencia en estado puro, la violencia de género, sorda a las protestas y a las súplicas. Sucede en ese horizonte inalcanzable, como un más allá, en el que suceden la guerra y el machismo fatal de Colombia: “Su pareja le pegaba tan duro que le partió un brazo”, declaró a EL TIEMPO un conocido de la víctima. Y la familia de ella le pide a la nada, o sea a “la autoridad competente”, que deje la maña de la impunidad. Y empieza a sospechar uno que va a tocar recurrir a lo invisible –a la imaginación, a la ficción, a los espectros de millones de víctimas– pues aquí siempre es hora de detener semejante tiranía, y no: no ocurre.

Se denuncia en los diarios: “Siete militares habrían violado a niña embera”, leo. Se zarandea a este Estado de hombros encogidos. Se exige “humanidad” en la acepción utópica de la palabra. Se endurecen las penas. Se cuentan las solteras y las novias y las esposas y las madres y las hijas y las viudas y las huérfanas asesinadas, sí, en el sentido de “calcular unidades” de la derrota: “Cada día una mujer es víctima de feminicidio en Colombia”, oigo, ahora, en Noticias RCN. Pero la cadena de gritos se vuelve un teléfono roto que llega al oído del verdugo convertida en la frase “acá mando yo”.

Colombia es peor para las mujeres. La campaña ‘No es hora de callar’, encabezada por la periodista Jineth Bedoya, cuenta 99 mujeres asesinadas –empaladas, abusadas, torturadas, descuartizadas, encerradas, ayer, con sus verdugos– en lo que va de este bisiesto que ha sido un espejo. La fundación Feminicidios Colombia, conducida por la abogada Yamile Roncancio, ve 113 víctimas en los primeros seis meses de 2020 –49 casos verificados y 40 en verificación en plena cuarentena– en su “conteo que no queremos hacer”: no ha sido fácil el acompañamiento en los días de la pandemia, según dice Roncancio, pues las noticias se demoran en llegar y ellos ya no lanzan los cadáveres de ellas a los ríos o a los bosques, sino que los entierran en sus propias casas: “Te apuesto lo que tú quieras que nada me van a hacer porque no tienes pruebas”, dice un abusador a su esposa en un audio que circula por ahí.

Para recordar que esta guerra degradante con vocación de cultura nos ha hecho creer que la terapia o la denuncia de los abusadores o el desmonte de la violencia machista son “cosas de mujeres”, y para reafirmar que los feminicidas de acá se permiten su bestialidad porque han vivido en un camposanto en el que a millones de cadáveres solo les queda la justicia de volverse espantos, baste contar un crimen más: el martes 31 de marzo de este año de prueba, Cindy Piña, de 23 años, fue golpeada y asesinada y enterrada en su propia casa por su esposo después de verse forzada a cumplir con la cuarentena cuando ya iba a irse con sus tres niños, de contarle a su madre que acababa de soñar que se estaba casando de blanco en un potrero lleno de flores amarillas, de preguntarle a él, que andaba muy raro, para qué estaba cavando aquel hueco en el patio.

Estaba embarazada. Iba a traer otro colombiano a Colombia ahora que ciertos políticos rancios se valen del virus para proponer contrarreformas a su medida –como si hubieran logrado ponerles tapabocas a estos movimientos sociales por las igualdades–, pero no saben que en este infierno por cuotas que les sirve y que nos dejan tenemos suficientes lideresas, ejemplares e imaginativas e incansables como Bedoya o Roncancio, que están llamándonos uno por uno a ir del conteo al cuento para que lo impensable al fin lo sea.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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