Insolencia

Insolencia

Nada como esa clase dirigente de derecha que se ha reunido alrededor de este gobierno.

30 de julio 2020 , 09:25 p.m.

No es ningún mérito ser fatalista aquí en Colombia, ni es raro ser colombiano y decirse “yo no sé esto a dónde va a ir a parar” desde que se tiene uso de razón. Basta con ver el desmadre del Congreso Virtual de la República, o con enterarse de la salida en falso de la semana de aquella Vicepresidenta que ya no fue la adulta responsable que creímos, o con constatar que demasiados políticos se han mudado definitivamente a las páginas judiciales de los periódicos, para notar la decadencia de la decadencia de los padrastros de la patria: un taxónomo aficionado podría captar en las primeras planas, a vuelo de pájaro, políticos paródicos, estafadores, autoritarios, violentos. Y, aun cuando hoy en día sea común tropezarse con progresistas persecutores e insufribles, nada como esa clase dirigente de derecha que se ha reunido alrededor de este gobierno como alrededor del fuego de un incendio.

Su tono es el tonito del impostor que nació ganando, el gesto exasperado del patrón que se concede su propia autoridad, el usted no sabe quién es él, en tercera persona, de quien está perdiendo el poder a manotadas: qué se cree esa Colombia mamerta, neochavista, sesgada e insolente para levantarnos su voz, Virgencita de Chiquinquirá, se van a tirar este país; qué se creen la JEP o la Comisión de la Verdad o los liderazgos sociales para ponernos la agenda de su paz; qué se cree el tal Jerry McDermott para meterse en la vida privada de mis negocios; qué se cree ese polvoroso Tribunal Administrativo para pedirnos “toda la información sobre el ingreso, la llegada y la permanencia de la Brigada de Asistencia del Ejército de EE. UU.”; qué se cree la tal Corte Constitucional para jugar y seguir jugando en contravía de nuestros principios, Señor, concédenos referendos para anular sus fallos extralimitados; qué se creen las mujeres para disponer de sus cuerpos, para despreciar nuestros designios, para cuestionarnos, si nosotros ganamos y esto es nuestro.

Están allá arriba. Son, de lejos, como lo prueba el estudio de Cifras y Conceptos, los más invitados a los programas de opinión: ¡451 en solo un año! Pero se portan igual que opositores, igual que despojados, estremecidos por el temor a perder sus privilegios de astutos.

A ratos lo suyo son esas buenas intenciones y esos pavores que terminan en violencia. A ratos hay mala fe. A ratos es, sí, una ideología. Y a ratos la ideología es el poder para el poder: ¿qué hay que defender hoy para ganar mañana? Y no corresponde a la ciudadanía derrocarlos ni guillotinarlos ni reemplazarlos por déspotas nuevos que piensen como uno pero sólo hagan lo suyo –viejas estructuras disfrazadas de nuevas–, sino rodearlos de democracia, de los contrapesos que los enervan, de las voces y de las verdades y de los argumentos que les recuerdan que ya fue el fin de la versión oficial: que ni siquiera en plena pandemia pueden jugar con el Estado como si estuviéramos vendados. Hay que evitar que reduzcan la familia o la fe a temas de ellos. Hay que aclarar que una cosa es respaldar la salida negociada de la guerra y otra muy diferente negar –por ejemplo– el reclutamiento de menores: nada como el negacionismo de un lado para cebar el negacionismo del otro.

Hubo un tiempo en que los políticos criollos se despedían de sus columnas de opinión cuando asumían cualquier cargo en el Estado colombiano. Hoy no. Hoy los dirigentes mórbidos que tenemos son columnistas, y youtubers, y presentadores de talk shows en línea desde el poder, porque los liderazgos ya no están en sus curules ni en sus cargos. Pero no hay que callarlos –no hay que pagarles, nunca, con la misma moneda– sino seguir hablando hasta que sea claro que han sido una parte con ínfulas de todo.

Ricardo Silva Romero

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