Resetear

La 'Semana' reseteada reemplazó a los columnistas por senadores y parece emprender un viaje paródico

19 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Cada día de estos ha sido duro a su manera. Es imposible volver de las imágenes de la catástrofe de San Andrés y Providencia. Hay que desconocer los asesinatos del pasado puente –los asesinatos de las lideresas Díaz y Penna, y de los firmantes de paz Cuesta, Riaños y López– para perder tiempo en el análisis de la goleada del martes. Y no deja de ser una noticia de última hora la triste metamorfosis de Semana, de contrapoder a feudo: vaya usted a saber para qué van a servir sus páginas de aquí en adelante, aparte de para hacerle propaganda a la mentira facha de que nuestro periodismo ha tenido un sesgo de izquierda, pero la verdad es que Semana hasta hace poco fue –a pesar de sus paradojas: a pesar de ser una revista política con sección de sociales– una refutación de la historia oficial del país.

Del siglo XIX al siglo XX nuestro periodismo se fue volviendo –en orden– refugio de poetas, pasquín de regeneradores, aniquilador de opositores de la guerra bipartidista y veedor del pacto de paz del Frente Nacional, pero con la aparición, en los años setenta, de una serie de voces comprometidas con la tarea de la verdad, terminó siendo fiscalizador e incomodador del poder. Semana lo fue, fiscalizó e incomodó mil y una veces, a pesar de haber nacido en las entrañas del monstruo: tuvo una pata en el miedo a servirle a la violencia, sí, celebró los viejos apellidos para no despertar los ejércitos dormidos de Colombia, pero sobre todo tuvo un pie en la vocación a desenmascarar las conspiraciones de los unos y de los otros en contra del Estado.

Vaya a usted a saber qué va a pasar ahora que la revista ha sido reseteada por esos nuevos dueños, de tiempos de Trump, que al parecer descreen del periodismo que se venía haciendo allí: del periodismo.

¿Dedicará sus energías a servirle de altavoz a la versión infame de que la crítica del relato aplastante del poder, desde la prensa y la historia y la justicia, hace parte de un complot castrochavista? ¿Comparará las amenazas de muerte contra los defensores de nuestros derechos con los tuits de los políticos de ultraderecha? ¿Investigará a fondo si un gobierno menos varado en el pasado habría podido enfrentar mejor el huracán que pasó por encima de tantos colombianos? ¿Se lanzará a reclamar por las vidas de los 254 líderes sociales asesinados en los últimos 321 días? ¿Querrá pensarse –ya que estamos en esto– en qué clase de sociedad no es un problema de fondo que el fútbol esté en manos de esos encorbatados sancionados por la reventa de boletas en las pasadas eliminatorias?

Al cierre de esta edición, Colombia seguía siendo un país espantable, matoneado hasta el agotamiento por sus autores intelectuales, en el que cada día era menos fácil saber quién era político y quién era periodista en medio de la guerra irregular e inescrupulosa de las redes sociales: la Semana reseteada de la que hablo, que empezó a circular unos días después de la digna renuncia de su vieja guardia, reemplazaba a los columnistas por senadores, y parecía haber emprendido un viaje paródico, de desinformados atrevidos, a ese pasado frentenacionalista, bipartidista, regenerador que no salió bien.

Semana, la nueva e incierta Semana, denuncia en su primera portada el temor a “la democratización de la información” antes de agradecer con voz de jefe a “quienes decidieron no acompañarnos en esta nueva etapa”.

Suena falso, sí, suena mal. Suena a que los nuevos inquilinos del edificio apuestan que ni ellos ni sus lectores hipotéticos van a extrañar aquella redacción de periodistas serios –que dejaron la empresa como la casa pintada de La estrategia del caracol– porque el oficio desde ahora va a ser reivindicar aquel país que suele maldecir el periodismo.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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