Minga

Este gobierno seguirá creyéndose democrático por no ser el de Venezuela.

22 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

Suena a caricatura. Suena a parodia del nubarrón fascista que anda tronando por estos lados, pero circula por ahí un video que prueba que sí pasó, que sí es verdad. Iba la minga, pacífica y ejemplar, por un trancón ancestral de Bogotá. Y una señora fuera de sí además se salió de la ventana de su carro, con el tapabocas como fular, a gritarle a la marcha de indígenas “¡no los queremos!, ¡váyanse para su tierra!, ¡ignorantes, brutos, tercos, porquerías!” en el nombre de ese plural que en realidad ha sido un singular desde que comenzó Colombia. Qué diciente es que el Presidente, que fue condenado por la minga “por el incumplimiento a las garantías de protección en la defensa de la vida, la paz, el territorio y la democracia”, suela asumir también –quizás sea el síndrome del protagonista de reality que cree que el mundo es su burbuja, su red– que habla y piensa y siente como “los colombianos”.

Sé que sueno a viejo remoto al que ya no le importa a quién le ha contado los mismos cuentos –“en mis tiempos solo había tres canales de televisión”, “la ‘Gambeta’ Estrada se llevó el balón en la frente y pateó abajo”, “pensábamos que la guerra sucedía en otro mundo”–, pero me veo obligado a repetir que mi abuelo el político se refería al país como un “archipiélago” de islas que pretenden prevalecer sobre las otras: que juran por su único Dios, como el Presidente, que su Colombia es Colombia. Duque, jefe de este Estado reducido a sinónimo de Gobierno, dijo hace unos días nomás que “Colombia lo que quiere hoy es más administración, menos política”. Y, mientras tanto, marchaba la minga, marchaba Fecode, marchaba el comité del paro, marchaba aquella reunión de treinta organizaciones sociales contra la Ley 331, marchaba la antigua guerrilla de las Farc en nombre de los 234 firmantes de paz asesinados.

Y, mientras tanto, mientras su país dentro del país quería “menos política”, mientras seguían sucediéndose, desde la trinchera del partido de Gobierno, las provocaciones contra la JEP, contra la prensa que no rinde cuentas, contra la protesta social, el contador macabro de esta cultura de la aniquilación registraba el crecimiento de nuestras peores cifras: tres líderes sociales, Mary Pérez, Jhon Guzmán y Erlin Undagama, se sumaron a los 231 colombianos exterminados –dice Indepaz– por defender lo mínimo; dos desmovilizados de las Farc que encarnaban el sentido de los acuerdos de paz, Juan de Jesús Monroy y Luis Alexánder Largo, fueron asesinados en El Planchón a pesar –lo cuenta EL TIEMPO– de la promesa presidencial “tendrán la protección de Estado...”; dos miembros del movimiento opositor Colombia Humana, Eduardo Alarcón y Gustavo Herrera, fueron acribillados a plena luz del día.

Se fue así este gobierno. Seguirá creyéndose democrático por no ser el Gobierno de Venezuela, seguirá jurándose fuerte por celebrar la represión, seguirá insistiendo en los pulsos que lo eligieron, como piloteando un avión en turbulencia para salvar a unos cuantos nada más, incapaz de reconocer o de contener sus tics autoritarios, y de arrebatos con aires de defensa propia –de desconocer los debates, de darles lecciones a los críticos, de despreciar a las minorías, de rodearse de amigotes– está empedrado el camino hacia Maduro. Todavía hoy, dos años y dos meses después, no solo debemos soportar la ambigüedad sobre la censura en RTVC, sino que la Misión de Colombia ante la OEA lidere –lo muestra El Espectador– una postura que mina los derechos de las mujeres y de las personas LGBTI.

O sea que habrá que hacer más y más y más política. Habrá que seguir defendiendo “la vida, la paz, el territorio y la democracia”. Y sonar a viejo redundante hasta que este archipiélago crea en la convivencia.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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