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Tactactac

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Está en pie una sociedad que confía más en las campañas ingeniosas que en las campañas exorbitantes.

Por supuesto, la solución sería que todos fuéramos decentes. Que todos cumpliéramos la ley e hiciéramos la vida sin servirle a la violencia: fin. Pero por lo pronto podríamos redoblar esfuerzos para evitar que platas corruptoras, ilegales e informales sigan financiando estas campañas políticas que jamás quedan en el pasado. Si no queremos que todo aspirante tenga que venderle el alma al diablo de turno porque “no hay candidaturas débiles sino candidaturas sin dinero”, si no deseamos que Colombia siga siendo un infierno agravado por las pasadas elecciones presidenciales, si no nos gusta pasarnos la vida en la tarea de conectar a nuestros falsos prohombres con ñeñes o ñoños o yidis o gatas o paras o narcos, entonces vamos a tener que gastarle todavía más tiempo a este asunto que suena a lío gris de leguleyos: la cuestión del financiamiento político.

Pero al cierre de esta edición aún no era nada claro que quisiéramos dejar de ser nosotros mismos.

Es lo mínimo insistir e insistir, a riesgo de extraviarse en un soliloquio de viejo, en que la financiación de las campañas políticas ha puesto en ventaja a los candidatos de las grandes fortunas del país, ha engendrado gobiernos con repugnantes deudas por saldar, ha estimulado la corrupción de las tres ramas del poder cuando el dinero que entra es, además, dinero ilícito, y ha impedido que buena parte de la ciudadanía se sienta representada porque ha hecho imposible que buena parte de la ciudadanía pueda postularse –y uno podría decir entonces que hasta ayer financiar la política fue financiar la desigualdad e invertir en el fracaso–, pero es igual de importante insistir e insistir en que semejante horizonte solo puede darse en una cultura habituada a la violencia, a la mafia, al margen de la ley, a la ley de la selva.

Según sugiere el minucioso ‘Estudio sobre financiamiento político en Colombia’, firmado por el investigador Juan Londoño en enero de 2018, viviremos hasta el fin en un país que mejora a pesar de sí mismo –a este paso de burócrata– si a la fragilidad institucional sigue llegando gente financiada por economías informales e ilegales enriquecidas por el conflicto. Y de nada le sirve a esa cultura enlodada que dirigentes nacidos antes de los tribunales de las redes, o sea antes de Cristo, se la pasen haciéndose justicia fuera de la justicia, señalándose las malas compañías apenas se separan y persiguiéndose los unos a los otros por sordideces que solían cometer juntos cuando se querían tanto, como dejando en claro que hacer política aquí no es poner en escena la convivencia, ni la verdad, sino ganar una guerra entre apellidos, entre clanes.

Podríamos resignarnos al fiasco: la política ad hominem que hipoteca el Estado en las elecciones; la tendencia a repetir los mismos errores, “¡ajúa!”, con la ilusión de obtener resultados diferentes; la sucesión de cortinas de humo y de acusaciones para la galería y de abyecciones en falso como el apoyo a Trump o la carta al Comité del Premio Nobel; la campaña acusada de recibir dineros de Odebrecht que celebra que la campaña rival sea acusada de recibir dineros de Odebrecht. Podríamos asumir que lo nuestro es la pobreza de espíritu. Pero, en medio de la bruma de la pandemia, me parece importante recordar que no solo somos aquel país saboteado por debajo de la mesa, sino también esta sociedad que el 21 de noviembre de 2019 –hace siglos– salió a las ventanas a pedirle a este gobierno un poco de reconocimiento, de respeto.

Está en pie esta sociedad que confía más en las campañas ingeniosas que en las campañas exorbitantes. Está en pie su cacerolazo: tactactac. Tiene claro que resulta improbable que la transformación sea financiada por los guardianes del abuso.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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