Clasistas

Clasistas

Estos señores les han tenido miedo y asco a sus desamparados: su ideología ha sido el clasismo.

14 de mayo 2020 , 10:53 p.m.

Son clasistas. Es eso. No es más. Creo que hemos estado dándoles demasiadas vueltas a las cosas: no es que luchen por un Estado eficiente montado sobre militarismos, liberalismos económicos, valores religiosos, anticomunismos, populismos reaccionarios y patrioterismos percudidos, como adalides con el reloj atrasado, sino que son meros, simples, puros clasistas.

Son parte de una tradición que el universalista Alfred Hettner describió en 1884 luego de recorrer los Andes colombianos: “El bogotano distinguido suele ufanarse de su descendencia castellana”, “también la gente de la clase media se sentiría sensiblemente ofendida al no tenérsela por blanca”, “la ruana, lo mismo que el sombrero alto de paja, accesorios tan indispensables tanto para viajar como para uno en la vida campestre, son prendas mal vistas para uso urbano por la alta sociedad”, dice.

Y es eso, sí, lo que nos pasa y ha pasado en este par de siglos: que a estos señores de todos los géneros no solo no les ha gustado ser de acá, sino que les han tenido miedo y asco a sus propios desamparados: su ideología ha sido el clasismo.

Por qué, si no es así, si no siguen partiendo de la base de que hay seres menos humanos, se deja pasar como una película de desastres el alud del virus en la cárcel de Villavicencio, se encierra con llave de fábula a la portera de un edificio del norte de Bogotá, se confiesa, con los hombros encogidos, que se emborrachaba a las víctimas de ejecuciones extrajudiciales antes de matarlas. Por qué, si no es así, la Vicepresidenta de la república, que en un principio fue la esperanza de una voz adulta en un gobierno jugando al gobierno –“pásame a alguien grande...”–, se permite hablar de “atenidos” mientras afuera se pegan gritos vagabundos de auxilio porque no hubo más que hacer: tendría que escuchar estas súplicas en nuestra cuadra, “¡ayuda, cualquier ayuda, por favor!”, antes de andar enseñando a pescar.

Según la Vicepresidenta, bienintencionada pero incapaz de entender por qué resulta insensible la frase “una casita de doscientos metros cuadrados”, se nos ha venido encima al fin la hora de “confiar en el ciudadano”: de “cambiar el paternalismo por empoderamiento a cada uno”. Pero es que aquí no ha habido padre, ni ha habido Estado que sea refugio y punto de partida, ni ha habido manera de que estos líderes de estas élites, que aún reparten coscorrones y espejitos en sus correrías de evangelizadores de sí mismos, y juran con los dedos cruzados que van a recrear a su imagen y semejanza a los desposeídos que han infantilizado a más no poder, y ven sin verlos a Chaplin, a Cantinflas, a don Chinche, se sientan prójimos de “los pobres”: de “los hijos ilegítimos”, “los indios”, “los malolientes”, “los malhablados”.

Es que esta pobreza ha sido una artesanía para los oficinistas del poder: “Ay, la gente colombiana es tan buena, tan bella...”. Es que en Colombia ha sido lo común que unos pocos afortunados se sientan protagonistas en tierra de extras: “Tampoco los juegos alcanzan a divertir a los niños de la clase alta –cuenta Hettner–, a diferencia de los indiecitos que encuentran placer en simplemente jugar a las piedritas...”. Es que aquí sigue en pie esa “teoría miasmática de la enfermedad” que hablaba, por allá en el siglo XVII, de la sangre fermentada de los feos, de los pobres. Es que a estas alturas el comandante del Ejército les grita a los televidentes “¡patria, honor, libertad!: ¡ajúa!” como si así quedara resuelto el fatal regreso de la inteligencia militar ideologizada. Es que la Presidencia gasta 480 millones de pesos de la gente en preguntarle a la gente si le gusta el Gobierno.

Y si una hora se nos ha venido encima es la hora de que dejen de tratarnos como idiotas.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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