Cierre

Cierre

Hoy no se puede abusar del poder sin que se sepa. Y Duque tiene la edad para saberlo.

21 de noviembre 2019 , 07:44 p.m.

Al cierre de esta edición, el Gobierno todavía no entendía nada de nada. Seguía tratando de conjurar una conspiración tramada por sombras soviéticas para tumbarlo como al de cualquier Piñera –porque dígame qué otra cosa, que no fuera un complot castrochavista, podía explicar la impopularidad del presidente Duque o el descontento de millones de colombianos con esta administración–, y sus mejores ideas para salir del lío del paro nacional seguían siendo descolgar pancartas críticas, intimidar a los mechudos, vaticinar su propia violencia, sacar al ejército a la calle como una nube negra, grave. Al cierre de esta edición, por ejemplo, se había allanado brutalmente la sede de Cartel Urbano, el viejo medio de comunicación, en el distrito ‘naranja’ del barrio San Felipe, ni más ni menos.

Y el Gobierno aún juraba que la pesadilla se terminará el día providencial en el que la gente, emberracada por los genios de la propaganda sucia, sea capaz por fin de conectarse con el Presidente. Conéctate con Duque, un nuevo programa de televisión ochentero, de aquellos con inspector de rifas, juegos y espectáculos, insistía en echarles la culpa a los demás desde su propio título porque al cierre de esta edición no había nacido el funcionario, ni el asesor ni el amigo de la Casa de Nariño que se atreviera a decir en voz alta que no estamos ante un problema de comunicación sino ante una honda crisis de credibilidad: quién puede creerle la voluntad de diálogo a un gobierno que en su peor hora reencaucha con un desafiante contrato de 468 millones de pesos a un asesor que se había ido por castigar la crítica.

Al cierre de esta edición, no obstante, todavía había cientos de miles de colombianos reclamándole en paz a este Estado la hostilidad y la indiferencia: #21NSomosTodos

Quién puede confiar en el llamado a la unidad –que tendría que ser un llamado a la diversidad– de un gobierno que ha estado buscándose un enemigo desde el principio, que sigue defendiendo, sin participar ni un poco en el duelo, la “operación impecable” en la que murieron ocho niños, y que tiene el coraje de repetirles a las multitudes hartas que aquí no se ha hablado de reformas pensionales ni de reformas laborales. Quién puede encomendársele a un gobierno perplejo pero obstinado, de embajadores, ministros y consejeros lenguaraces, que no da señales de entender que el poder se pierde –y se vuelve la fuerza: un escuadrón que patrulla las calles como advirtiéndonos a todos que este país puede volverse un toque de queda– cuando se renuncia a la tarea de leer, de oír, de reconocer las luchas de la ciudadanía.

Siempre me ha intrigado el lugar común ‘si le va bien al presidente, le va bien al país’ no solo porque la frase está al revés, sino porque han sido habituales, en la historia del mundo, los gobernantes con discursos y con planes que a duras penas sirven a los suyos. Al cierre de esta edición, sin embargo, mientras el paro avanzaba entre la alegría, el coraje, el miedo y la violencia –y el Gobierno seguía portándose como un gobierno temido de los días del estado de sitio–, era claro que a Duque solo le irá mejor si logra sintonizarse con la desazón, con la indignación ante los matones de siempre, con el grito de paz de estos tiempos. Hoy todo sale a la luz: ‘Niña de 11 años grabó con su celular cuando cura la abusó sexualmente’. Hoy no se puede abusar del poder sin que se sepa. Y Duque tiene la edad para saberlo: para dejar de ser tan viejo.

Al cierre de esta edición, no obstante, todavía había cientos de miles de colombianos reclamándole en paz a este Estado la hostilidad y la indiferencia: #21NSomosTodos. Se publicaban minuto a minuto los videos de los cantos de los manifestantes, las quemas de los encapuchados y los desmanes del Esmad. Y no era claro que el Gobierno fuera capaz de seguir el paso de la gente, ni que estuviera dispuesto a marchar con el país.

www.ricardosilvaromero.com

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