Calvario

Calvario

Aquí no hay una tierra ingobernable que requiere medidas desesperadas.

11 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Quieren convencernos de que Colombia es un calvario: de ahí tantas noticias melodramáticas, equívocas, que uno no entiende por qué. Quieren vendernos –quiénes: ciertos irresponsables, ciertos fanáticos, ciertos señores feudales, ciertos uribistas empotrados en este gobierno solapado que llama a la unidad– la mentira rampante de que aquí nada se puede: “Aquí no dejan trabajar”, “aquí no hay oposición sino conspiración”, “aquí no aceptan seis simples objeciones a la ley de la JEP”, “aquí los indígenas dejan plantado al Presidente”, “aquí toca mano dura: toca hacer masacres porque los que protestan son terroristas”, repiten. Y un día, de la nada, aparece el hash-tag desafiante #ObjecionesoReferendo. Y, como todo calvario viene con su resurrección, empiezan a clamar por una constituyente.

Primero dicen que no sirve la JEP, ni sirve el Congreso, ni sirve la Corte Constitucional, ni sirve la prensa ni sirve la gente que piensa lo contrario. Después empuñan el convincente argumento de que fue un error haber dejado por fuera de la paz a los uribismos, de derecha e izquierda, pero, como no lo esgrimen sino que lo empuñan, tarde o temprano empieza uno a preguntarse si de verdad habría sido posible incluirlos. Luego reivindican la supremacía de la mayoría, como si de verdad lo fueran, en clave de panfleto por debajo de la puerta: “Ganamos duélale a quien le duela”, “Ya tenemos identificados a los mamertos”, “Habrá que hacer algo para que Colombia sea lo que quiere el pueblo”. Y, ya que toda regeneración criolla viene acompañada de una maraña de leyes, terminan resignándose a imponer una nueva Constitución.

Quieren meternos en la cabeza, como oficiando una tragedia atolondrada, que lo único que nos queda es caer en la tentación de empezar de ceros.

Querrían que fuera la Semana Santa de 1949. Pues tendrían todo el poder: una democracia que por muy poco no encaja en la definición de dictadura, un país confesional partido en dos manadas irreversibles e incapaces de reconocerse antes de matarse, una Constitución que teme a Dios. Verían entre lágrimas y jadeos el montaje de El mártir del Gólgota, “única licencia concedida por monseñor Perdomo”, en los puestos de dos pesos del teatro Municipal. El “venerable” monseñor Builes, de Santa Rosa de Osos, les permitiría la aniquilación de “los tártaros corruptores” y “los soviéticos impíos” y “los masones sin patria” que andan por ahí corrompiendo a la niñez. Sería lo normal que dijeran, como la gobernadora del Magdalena, “mis indígenas no son como los de la minga: son inteligentes, aterrizados y preparados”.

Hoy no es así. Consumada la metamorfosis, de ‘El futuro es de todos’ de la campaña presidencial al ‘Aquí nada se puede’ del gobierno en ciernes, es terriblemente obvio que siguen soñando con una Constitución maniática –de republiqueta– que les devuelva el poder absoluto que les quitó la Constitución garantista del 91. Pero no están leyendo el país entre líneas: no están viendo que ya nadie padece la Semana Santa, que están azuzando a un pueblo que los tiene entre ojos, que la protesta social ha crecido tanto en estos años que ahora hasta la derecha sale a marchar, que es tarde para volver a la barbarie: “La civilización es la lenta adopción de las ideas de las minorías”, dijo Prochnow, el banquero del siglo pasado, como si tuviera en mente a esta Colombia que no va a volver a ser –ni a la fuerza– la Colombia jerárquica, binaria y salvaje de 1949.

Quieren meternos en la cabeza, como oficiando una tragedia atolondrada, que lo único que nos queda es caer en la tentación de empezar de ceros, pero la venta de estos articulitos les está saliendo mal. “Regeneración o catástrofe”, se dijo en 1878. A otro país con ese cuento.

Aquí no hay una tierra ingobernable que requiere medidas desesperadas, sino un desgobierno que tendrá que asumir su responsabilidad.

www.ricardosilvaromero.com

Sal de la rutina

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