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¡Bu!

¡Bu!

Nunca una farsa presidencial se sirvió tanto de los cánticos de sus barras para callar los abucheos.

21 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Es cierto que el hombre es el animal que abuchea. Es verdad que en la Atenas que sabemos se asumía como un deber cívico ovacionar o rechiflar a los dramaturgos, que en la Roma de la Antigüedad las masas “explotaban” para sacar a los malos intérpretes del escenario, que con el paso de los siglos, o sea el paso de los antagonistas señalados por los espectadores, el paso de los rivales en las olimpiadas, el paso de los déspotas que saboteaban las revoluciones, se fueron volviendo usuales las silbatinas, los cacerolazos: “¡Bu!”. Hoy, que cada día es más difícil contagiar farsas e imponer versiones oficiales, es usual que “los samaritanos colectivos” –que así los llama el Papa– griten a los presidentes lo que se les grita a los encorbatados que ya no engañan a sus públicos. Pero lo que pasa con Duque es peor.

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Si le gritan “¡fuera!” y “¡corrupto!” y “¡dónde están los desaparecidos!” en las plazas del Festival Vallenato de Valledupar que inauguró como un manido presidente del siglo pasado, y en los callejones de la Feria del Libro de Madrid que gente a imagen y semejanza suya acabó reduciendo a feria duquista, y en las aceras del barrio Alameda, en Cali, luego de la debacle que no solo causó, sino que presidió hace muy poco, es porque se sienten estafados, abusados por su voz de caradura. Si le gritan “¡abajo!” a su corte, a la vicepresidenta que mira al suelo en Nueva York o al embajador que pierde la cabeza en Santiago, es por lo mismo que las multitudes les gritan a los futbolistas chuecos o a los actores flojos: porque están dándoles un espectáculo grotesco y nadie va a devolverles la plata.

Se predijo el regreso al desprecio de la política, a la negación de la reforma rural, al prohibicionismo que nos varará en la guerra.

Se anunció la fatalidad desde que llegó este gobierno que ya está empacando en cajas su gestión. Se predijo el regreso al desprecio de la política, a la negación de la reforma rural, al prohibicionismo que nos varará en la guerra, a la entrega del orden público a los grupos armados legales e ilegales, a la pacificación que desprecia los pactos de paz. Pero esto ha sido mucho peor. Si los reprueban como políticos tramposos es porque lo que dicen nunca es lo que es. Hasta ayer seguían hablando de decencia y diálogo y democracia y ecología, soberbios e impasibles, mientras en una sola jornada eliminaban la ley de garantías, saboteaban la firma de los acuerdos con las Farc y abrazaban a la ultraderecha brasilera acusada de “crímenes contra la humanidad”: “¡Buu!”.

Nadie puede prometerle a nadie que los auditorios van a portársele bien. Pero para no ganarse abucheos, así sean la civilización del fanatismo, resulta recomendable sacudirse la megalomanía, ser auténtico, decir la verdad, reconocer a las ciudadanías, dejar de tratar como enajenados –dejar de hacerles “luz de gas” desde el Estado– a tantos colombianos que sí que han vivido en el infierno por vivir aquí. Y, para no sumarle gritos a los gritos que se lanzan en el pequeño camino rodeado de escoltas que va de las camionetas blindadas a los búnkeres, no sobra seguir siendo Duque el senador que despreciaba por “politiquera” la eliminación de la ley de garantías, pues eliminarla era una concesión al clientelismo, a la corrupción y a la desesperación que engendra monstruos en plena carrera electoral: “¡Buuu!”.

Duque el presidente prefiere refugiarse, sin embargo, en los abrazos untuosos de los dirigentes del fútbol de acá: verlo celebrar la nueva sede de Barranquilla no es solo recordar que la Selección Colombia suele ser el refugio de los líderes que no lo son, sino comprender que ha sido difícil hacerle fuerza al equipo en el año del estallido social –al menos lo ha sido para mí– porque nunca antes una farsa presidencial se sirvió tanto de los cánticos de sus barras para callar los abucheos de sus despojados.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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