Bomba

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No se trata de arrinconar al Gobierno. Se trata, simplemente, de sacarlo de su soliloquio uribista.

14 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

A cierta hora de la noche, cuando ya no sirve de nada corregir el trabajo del día, ni vale la pena llamar a nadie a pedir cuentas ni es posible pagar deudas siquiera, se ve uno obligado a dejar ir –como digiriéndola– la conclusión de que no existe remedio: así se ha vivido en Colombia. A cierta hora de la madrugada, cuando a uno lo despierta lo que le está pasando, todo se ve más grave, más sucio, más aterrador, más incierto, más penumbroso de lo que es: así puede verse, día por día por día, este país de insomnes. Es deber de cada quien sobreponerse a la distorsión, al hastío, al cinismo, a la superioridad moral que tanto le sirve a la violencia, pero hay semanas colombianas, como estas últimas semanas, en las que a todo lo malo de antes se le suma todo lo malo de ahora.

Es lo viejo más lo nuevo: el demonio de la rancia guerra nuestra propagada en las redes por líderes irresponsables e inescrupulosos, defendidos y excusados por fieles hechos a su imagen y semejanza, que se pasan las mañanas jurando en vano por su propio Dios de bolsillo.

Si estamos viviendo esta tensa madrugada que habrá de pasar es porque, como una y otra vez lo han probado sus desmanes de palabra, obra y omisión, este partido de gobierno con vocación de oposición recalcitrante llegó al poder el martes 7 de agosto de 2018 a atrincherarse, a marcar hombre a hombre a su presidente, a vengarse del país que no le gusta, a cumplir en voz baja los compromisos de los acuerdos de paz, a aniquilar prestigios de críticos, a purgar de mamertos su Estado con salas VIP, a azuzar al Ejército hasta desdibujarlo, a pisotear, a deshonrar, a cerrar con llave, en fin, la inmejorable vía del diálogo –con las guerrillas obsoletas, con los países en pugna, con las bandas dispuestas a entregar las armas, con las ciudadanías críticas, con los opositores– como si eso mismo pensaran sus votantes.

Yo veo la protesta del jueves como una marcha pacífica para que no infiltren, no criminalicen, no mancillen más marchas pacíficas

Si el paro del jueves 21 de noviembre ha sido reducido a batalla campal en el papel, en vez de ser comprendido como la protesta legítima de millones de colombianos de todos los orígenes e ideologías que quieren ser escuchados y bienvenidos y reconocidos por su Estado, es porque desde el propio Gobierno se ha estado acusando a los organizadores de “incendiar el país”, se ha estado estigmatizando de antemano, rotulando, preventivamente, de conspirador de extrema izquierda, a todo aquel que se atreva a sumarse al plantón, y se ha estado cometiendo el viejísimo error de menospreciar las voces ignoradas de “la gente”: “El tal paro no existe”, “el sí va a ganar por goleada”, “la consulta anticorrupción está condenada al fracaso”.

No están detrás Petro, ni Vives, ni el Foro de São Paulo, ni los senadores sedientos de puestos para un primo, aunque hayan dicho que saldrán a las calles, sino eso: “la gente” joven que se está dando cuenta de esta violencia y no le está gustando, “la gente” vieja que ya no quiere temer, rezarle a Colombia para nada, bregar en vano.

Yo veo la protesta del jueves como una marcha pacífica para que no infiltren, no criminalicen, no mancillen más marchas pacíficas. Veo el paro del 21 como un llamado de millones a que ningún colombiano que nos guste o no nos guste sea despojado de su infancia, reclutado a la fuerza, segregado por cualquier pretexto, doblegado en las ventanillas del Estado, negado hasta la muerte, disfrazado de baja de los unos o los otros, asesinado en la puerta de sus hijos porque aquí es así, obligado a dormir junto a una bomba sin explotar como la gente de San Vicente del Caguán. No se trata de arrinconar al Gobierno. Se trata, simplemente, de sacarlo de su soliloquio uribista, de ponerle las caras que está gobernando: este lío bicentenario va a seguir si no pactamos.

www.ricardosilvaromero.com

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