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Colombia debe contarse acá adentro y allá afuera como ha sido y como es. Hay que aceptarlo.

15 de julio 2021 , 09:25 p. m.

Esa Colombia no solo desprecia el mundo, sino que luego le exige respeto. El pasado martes 13, temible, según el mito, porque un día así empezó el desencuentro de las lenguas en la torre de Babel, la Vicepresidenta de la república se permitió jurar ante el Consejo de Seguridad de la ONU –en un habla más cercana a la mitomanía que a la diplomacia– que el estallido social que se vio en vivo y en directo por las redes fue causado por la pandemia y fue brutalmente reprimido por unas “minorías de infiltrados”. Qué vergüenza dio oírla: afirmó haberle cumplido “con creces” al acuerdo de paz, y exportó la idea de que “hay gente que quiere llegar al poder destruyendo el sistema”, y en el momento más extraño de su intervención, el pico de un mal sueño, insistió en que este gobierno apoya la protesta contra este gobierno –quién no– como si allá afuera y acá adentro nadie se enterara de nada.

No es fácil hacerlo tan mal. Se vio simple, en estos nefastos años de “política exterior”, eso de aislar al país, de retroceder en la fallida guerra contra las drogas, de empobrecer el servicio diplomático a punta de nombramientos inconcebibles, de preferir contar las horas del tirano venezolano a crear canales entre los dos pueblos, de humillar una y otra vez a la Cuba que sirvió a los diálogos de paz, de mostrar fotos falsas en la ONU cuando la idea era derogar la paz, de difamar la visita de la CIDH como si este Estado no hubiera firmado las convenciones que la crearon, de tolerar que ciertos congresistas del partido de gobierno le hicieran campaña al golpista de Trump –“Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, dijo Roosevelt de Somoza– y el embajador gringo tuviera que exigir respeto a sus elecciones. Se vio simple. Pero para lograr semejante ruina fueron necesarias largas jornadas de mediocridades e ignorancias atrevidas.

Esa Colombia, la de la derecha que aún canta Cara al sol, desprecia a morir todo lo que no se le parezca, pero luego pide sumisión a lo que dice aunque no sea la verdad.

Esa Colombia es machita tanto para pedirle al régimen cubano que respete las protestas de allá como para soltarles el Esmad a las protestas de acá. Se parece al país provinciano, alérgico a las culturas ajenas, que celebró como propios los fiascos de las guerras de Corea, de las Malvinas, de Afganistán. Se quedó varada en la paranoia de la Guerra Fría: “When I won the election, the candidate that I defeated said that he was going to be in the streets all my term!”, dijo el presidente Duque en aquel monólogo en inglés por el que pasará a la historia universal del delirio. Sigue vendiéndose, ese país, como un lugar huérfano que debe ser financiado e intervenido por Estados Unidos, como la Colombia que perdió Panamá, pero luego pide al mundo que se meta en sus asuntos: suele ir sin escalas del complejo de inferioridad al ombliguismo.

Cada país del mapamundi es un experimento social y un relato de la experiencia en la Tierra: la compleja Colombia debe contarse acá adentro y allá afuera como ha sido y como es –una parodia de imperio que ha reducido sus regiones a colonias, un régimen con ínfulas de Estado que ha conseguido apaciguar los malestares con armas y promesas, una cultura de la aniquilación que de tanto en tanto se avergüenza de sí misma, una república con una sola institución prestigiosa, la familia, para bien y para mal, que no ha sido reducida a tiranía a punta de narrarse, denunciarse, vitorearse, satirizarse más de la cuenta– con la ilusión de que esta trama le sirva a toda la torre de Babel para la comprensión de lo humano. No ha sido cualquier cosa fracasar así. Hay que relatarlo. Hay que aceptarlo. Hay que decirlo en la ONU para que no suceda más.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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