Aviones

Aviones

En este país la violencia degradada por la guerra no se encara como el peor de los problemas.

23 de julio 2020 , 09:25 p. m.

Puede que yo haya visto demasiadas películas, y me las haya repetido en estos días, pero si aquellos aviones de guerra siguen volando así de cerca, en V de violencia como las aves que pasan a veces, seguro que va a venírsenos encima un titular hecho en Colombia. Es el lunes 20 de julio de 2020, 210 años de una independencia que no corresponde a la definición del diccionario, en medio de esta pandemia que tiene a Bogotá vuelta un archipiélago. Resulta paródico, de mala manera, el desfile de estas Fuerzas Armadas poco dadas a los mea culpa: un, dos, un, dos. Se ve ostentoso, cínico, desafiante e inútil –patriótico no es– en medio de semejante recrudecimiento del horror en un país que no debería tener un himno, sino su propio minuto de silencio.

Parece que no se hubieran enterado –porque no marchan con las fotos de los líderes sociales, ni de los firmantes de paz asesinados– de las miserias de esta guerra del fin de los tiempos: definitivamente, no le han faltado abogados al diablo en esta tierra independiente incluso de sí misma.

Aquí, en Bogotá, el presidente Duque “instala” el Congreso de la República con uno de sus tradicionales llamados a la unidad, a la reconciliación, seguidos por promesas billonarias de ceño fruncido, pero el mensaje duquista, respaldado por la elección de Sandra Ramírez, del partido Farc, como vicepresidenta del Senado, se ve enrarecido no solo por el hecho de que “el rey del ausentismo” Arturo Char presidirá a 108 madres y padres de la patria en el período virtual que empieza, sino porque, en un nuevo lapsus de un Gobierno que también lo es, al final termina llegándonos a todos la imagen del jefe del Estado refiriéndose en vivo y en directo a la sobreviviente del exterminio de la UP Aida Avella –la valerosa e inteligente vocera de la oposición– como “la vieja esa”.

Aquí, en Bogotá, pasa este país en el que la violencia degradada por la guerra no se encara como el peor de los problemas: ni siquiera se hacía cuando la pandemia no se robaba toda la atención. Aquí, en la vereda San José de León, en Mutatá, en el Urabá antioqueño, 93 colombianos desplazados –entre ellos, varios excombatientes que se salvaron por poco de ser asesinados en Ituango– tratan de comenzar entre el barro otra vez. Aquí, en la vereda Quebradón, en Algeciras, en el Huila, la semana pasada un escuadrón impasible asesinó a dos familiares y a dos vecinos de un desmovilizado de apellido Barrera que trabaja como escolta en la Unidad Nacional de Protección: “Mis papás alcanzaron a correr y atravesar un río”, dijo Barrera a Semana.

Aquí, en la cerrada frontera con Venezuela, 43 mujeres fueron víctimas de “desaparición presuntamente forzada” a lo largo del año pasado: “Ciudad Juárez en Cúcuta”, concluye la periodista Andrea Aldana, en Universo Centro, en una extraordinaria crónica que describe la trata de personas y la violencia sexual, “hay un mundo en el que las mujeres tienen que elegir entre dejarse violar por siete hombres o desaparecer”. Aquí, por las orillas de los caminos de Cúcuta, 450 personas enfrentan sus calvarios con los colchones a cuestas y tratan de dejar atrás la masacre del municipio de Tibú. Es aquí. Aquí en Colombia. Donde nadie necesita que otro presidente llame a una unidad a su medida, sino un liderazgo compasivo que repita sin titubeos ni eufemismos que nos ha unido –y nos sigue uniendo– este horror hasta el cuello oficiado por nosotros mismos: no más.

Ya no se ven ni se oyen los aviones. Y, en este silencio de camposanto, de resaca sangrienta, tan temido en esta patria en mora de llegar a la adultez, es clarísimo que esto nunca comienza del todo porque no estamos dedicados día y noche a acabar esta violencia: hay que hacerlo.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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