Autosecuestradores

Autosecuestradores

Todo pasó para que nos preguntemos cómo deshacernos de esta falta de escrúpulos.

03 de octubre 2019 , 07:04 p.m.

Cientos de miles de colombianos lo están diciendo al tiempo, en este preciso momento, como una especie de mantra para conjurar la decepción y el hastío: “Este país...”. Quieren decir que aquí no hay caso, que aquí el mundo es al revés, que aquí la suma de todos es un implacable enemigo en común. Acaban de enterarse de alguna noticia que más bien parece una sátira política –la parodia de una epopeya: la trama de un antihéroe de un antipueblo– como la del embajador de la India o el fiscal anticorrupción que era corrupto o el subsecretario del Senado que se pegaba contra las cámaras o el vicepresidente que daba coscorrones a su guardaespaldas. Uno cree que nadie va a creerle lo que pasa aquí en Colombia. Y entonces vive a la caza de parábolas que expliquen el desmadre.

Para aclarar a Colombia, que es la idea, esta semana podría contarse la fábula del Presidente que, en el afán comprensible e irreflexivo de cercar el régimen de Maduro, mostró una serie de fotos falsas ante la Organización de las Naciones Unidas: gracias a esa anécdota vergonzosa, protagonizada por un miembro de la inteligencia militar que encontró las pruebas reinas en internet, no solo queda en evidencia la chambonería nacional, sino un gobierno en el que los errores viajan por el organigrama hasta llegar a la cabeza. También podría acudirse a la imagen del congresista uribista salido de las curules que se lanzó a darle un empujón, en el sentido violento de la expresión, al senador liberal que osó poner en tela de juicio el comportamiento de su jefe el expresidente Uribe: gracias a esa imagen deplorable, que lo pone a uno a preguntarse “qué tal que esa gente estuviera armada...”, queda al descubierto que los caudillismos de estos años no le han abierto paso a una nueva generación de liderazgos, sino que a duras penas han engendrado una camada de figurantes sin reservas y sin criterios. Al final podría reseñarse la escena de acción de bajo presupuesto en la que una exsenadora conservadora, condenada a quince años de prisión por comprar votos, se les fuga a sus guardias por una cuerda roja que cuelga de la ventana del tercer piso de un consultorio odontológico: gracias al deshonroso video que circula por las redes sociales, que la muestra a ella dándose un tiestazo y escapándose en la moto de un hombre disfrazado de ‘rappitendero’, queda demostrado que esta clase política tiene muy alto el umbral de la indignidad.

Y, sin embargo, aun cuando estas tres farsas revelan un desgobierno y una irreflexión y una degradación hechas en Colombia, para mí, la historia de estos días que mejor describe el gran peligro de nuestra cultura salió a la luz el martes de la semana pasada.

Fue un amigo actor, que tiene clarísima la trasescena de lo humano, quien me puso al tanto de la parábola: la historia de un inescrupuloso candidato a la alcaldía de Potosí, Nariño, que no fue raptado el lunes 9 de septiembre –como se dijo y se lamentó y se temió–, sino que planeó y fingió su propio secuestro, con la ayuda de unos cuantos amigos, como una estrategia para ganar votos. Tuvo que volver de su autosecuestro, haciéndose el que lo habían dejado en libertad, porque diez días después empezó a faltarle la comida. Tuvo que confesar su estafa porque la policía empezó a hacerle preguntas que lo pusieron contra la pared. Y todo pasó para que nos preguntemos cómo deshacernos de esta falta de escrúpulos, de esta indiferencia al drama social, de este regodeo en lo peor de lo nuestro que nos ha traído la guerra.

Y para que nos pongamos de acuerdo en contar estos desmanes, uno a uno, a ver si dejan de sonar a malicia indígena, a picaresca, a plato típico: a ver si son reconocidos, en fin, como impensables abusos de poder.

www.ricardosilvaromero.com

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