Aniquilación

Esta es y ha sido una cultura de la aniquilación: yo soy en la medida en que lo destruyo a usted.

21 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Es y ha sido eso: una cultura de la aniquilación. Si Colombia es el infierno en donde son asesinados más ambientalistas, según lo ha documentado una y otra vez el informe de Global Witness, y de acuerdo con Save the Children es una de las tres sociedades de este mundo en las que más se desplaza y se maltrata y se mata a los niños, es porque desde hace décadas su lengua y su credo ha sido el uso de la fuerza –el tic de la violencia por si acaso– contra todo lo que no parezca ser uno mismo: quizás porque el Índice de Desarrollo Regional ha demostrado que se trata del país más desigual de América Latina, y el Dane ha dicho que cada vez es peor, lo colombiano ha tendido a ser el machismo que venga el abandono, el abuso que engendra el abuso, la rabiosa negación de la salud mental, y entonces su cuerpo social ha sido una suma que resta.

Por supuesto, estoy pensando en el titular típico e insólito ‘Colombia: amenazan de muerte a ambientalista de once años’, que resume la vergonzosa historia de un pueblo en el que cualquier cretino se permite a sí mismo describirnos cómo va a asesinar a aquel Francisco Vera Manzanares que desde que tiene uso de razón ha estado llamándonos a proteger la Tierra de todos –y al verse amenazado entendió “por qué es tan difícil aportar” y apenas agregó “este país es una tristeza” porque su vida ha sido defender “obviedades que al parecer muchas personas no entienden”, como, por ejemplo, que el hombre no está por encima de la vida–, pero también tengo el pecho cerrado porque desde hace unas semanas han estado circulando volantes que sentencian a muerte a varios líderes sociales del corregimiento de El Salado.

Y si uno está al tanto de lo que sucedió en El Salado en febrero del año 2000, que fue una ceremonia de sangre en la que 450 colombianos de un par de bloques de las autodefensas torturaron, violaron, ahorcaron, degollaron, desmembraron, decapitaron, asesinaron a otros cien colombianos –y mataron niños y mujeres embarazadas y viejos, y usaron la cancha de piedra del lugar, y se valieron de destornilladores y de motosierras–, entonces es terriblemente innegable que dejar panfletos amenazantes en las terrazas de las casas del corregimiento es una manera de decir que esto va a seguir siendo un pozo sin Dios ni ley veintiún años después: quién les dijo que había futuro y que el Estado iba a ser su refugio y que las mujeres eran iguales y que podía uno reclamar su derecho a repararse y a vivir en paz en la tierra en donde nació.

Es y ha sido una cultura de la aniquilación: yo soy en la medida en que lo niego, lo menosprecio, lo desprecio, lo lapido, lo callo, lo enveneno, lo destruyo y lo mato a usted.

Si no es así, si no es que el abandono y la incapacidad del Estado de acompañar la redención de El Salado han enviado a las nuevas bandas el mensaje de que esto sigue siendo la ley de la selva y “sálvese quien pueda”, por qué entonces el viejo Luis Torres tiene que soportar la “sentencia de muerte” y la “segunda advertencia” del panfleto para dejar su tierra veinte años después de liderar el temido regreso de la comunidad, y por qué entonces la lideresa Yirley Velasco debe ponerle la cara a un volante en el que puede leerse la frase “estamos para limpiar la comunidad de esta plaga de gente” luego de años de defender a las sobrevivientes de violencia sexual en la región. Parece que esas bandas se sintieran autorizadas a rondar. Está claro que si esta sociedad sigue pensando que su guerra sucede por allá lejos, en las colonias y entre extranjeros, no dejará de suceder.

Son obviedades que muchas personas no entienden, pero el coraje de El Salado, que no ha sido el monumento a su tragedia sino a su redención, puede hacerlas ver.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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